MARTA BRUNET: En torno a Montaña Adentro

 

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“Han sonado y quedan todavía sonando en el aire esas palabras, esas breves palabras de la noticia que cortan de golpe una vida, cuando tendemos por instinto el brazo hacia esos restos, más suyos ahora que el despojo mortal, sus libros, alguno de sus libros, donde ella, desde ese instante y para siempre, está” (Alone).

Por Jorge Arturo Flores

Un 27 de octubre de 1967 levantaba vuelo al cielo la escritora Marta Brunet, Premio Nacional de Literatura 1961. Dueña de una obra encomiable, su trayecto en las letras chilenas fue brillante. Trabajadora tanto del cuento como de la novela, dejó espacio también para el cultivo de la poesía y las narraciones infantiles. En todos los campos su incursión fue acertada. Concitó increíblemente el consenso de la crítica y el aplauso de los lectores, circunstancia cada vez más difícil de reunir en los impredecibles páramos literarios, donde la epidermis artística de jueces y autores es quebradiza, frágil y expuesta.

Marta Brunet, en ese sentido, emergió triunfadora.

Al analizar su obra, los críticos obtuvieron varias conclusiones, sobre las cuales reflexionaremos brevemente partir de su primer texto.

MONTAÑA ADENTRO

Escrita en el año 1921, época en que imperaba el criollismo, con su líder Mariano Latorre al frente, el libro de Marta Brunet destacó de inmediato por varias razones. Una de ellas fue el distanciamiento del clásico criollismo, donde la naturaleza ahoga a los personajes. Acá la descripción de la natura es mesurada, justa, acorde con el relato. No hunde a los protagonistas ni tampoco es tan leve que pasa inadvertida. Otra razón poderosa que hizo atractiva su lectura es el estilo llano, duro, lineal, sin circunloquios ni nieblas filosóficas. El dibujo de los personales es presentado tal cual, sin ficciones. Súmele a ello una lengua castiza, propio de alguien que la bebió de su raíz. Pero lo que más llamó la atención, además de la curiosidad de leer a una señorita del sur (cuando las mujeres no poseían trayectoria en las lides literarias) fue el violento cambio que realiza al paraje bucólico. El campo en sí trae reminiscencias agradables al citadino, lo retorna a lo primitivo, cree encontrar en él alguna paz.

En Montaña Adentro el espejismo se rompe y se estrella en mil pedazos.

Marta Brunet recrea el ambiente rudo, hostil, de la montaña. No son precisamente virtudes dignas de ejemplificar, sino muestra el primitivismo de sus habitantes, donde la pasión, los celos, el amor salvaje predominan y mueven los hilos de sus existencias.

He allí lo diferente.

Agregue a ello, como comentábamos, el hecho de provenir de una pluma femenina, seguramente niñita bien, educada en monjas, donde la moral de entonces impedía leer escenas violentas, con algo de sexo o escuchar palabras que herían los delicados oídos de las doncellas y de las maduras, como también, hay que decirle, de algunos varones, y tendrá bosquejado el ambiente en que se desenvolvía.

La sorpresa fue general.

Sin embargo, el arte logró preeminencia y Marta Brunet fue recibida con parabienes.

Sobresalen en esta novela breve los protagonistas: Cata, la muchacha que, después de tener una hijo con Pereira, se enamora de Juan Oses, típico galán de campo, aguerrido, trabajador, honesto. También resalta la figura del policía abusador, San Martin y la madre de Cata, doña Clara, que la reta tupido y parejo pero, al final, acepta a Juan Oses como el verdadero pretendiente de su hija. Certeros dibujos, excelente psicología de los caracteres, apretada síntesis de sus peripecias.

El final, muy propio de esas comunidades pobres y fatalizadas, corresponde una vez más, a la muerte.

– Será mi destino – dice Pereira, cuando la policía lo arresta.

ADELANTADA A SU TIEMPO

Gabriela Mistral había remecido el ambiente con sus celebrados Sonetos de la Muerte. Más atrás doña Mercedes Marin del Solar constituye una de las pioneras. Sin embargo, tanto Gabriela Mistral como Marta Brunet y más adelante Maria Luisa Bombal, representan los puntos altos de la literatura chilena en manos femeninas, sin olvidar, por supuesto, a Isabel Allende.

Gabriela Mistral ofreció una imagen vigorosa, real, ardiente, terriblemente apasionada en sus Sonetos de la Muerte, inconcebible para una mujer de aquellos tiempos.

Fue una precursora.

Parecido al caso de María Luisa Bombal, aunque ésta navega por otras aguas, más cristalinas, nimbadas por el sueño y escritas con una prosa celestial.

Por su parte Marta Brunet también es una vanguardista en el sentido de ofrecer, primero, otro tipo de criollismo, aunándolo con el realismo, profundizando el alma humana y mostrándola sin afeite. Segundo, rompe violentamente la idea bucólica que se tenía del campo chileno, hablando las cosas “pan pan, vino, vino”, como no se había hablado antes. Tercero, se distingue del resto de sus colegas femeninos por el estilo directo, franco, sin maquillaje, ni romanticismo ni flores. Estamos hablando, recordemos, de 1921. Cuarto, la lengua empleada es sobresaliente, lejos de la vulgaridad y adecuada al tratamiento literario. Quinto, el espectáculo de las pasiones humanas, surge en todo su esplendor, principalmente por el lado de la bajeza, la violencia, el rumor, la sangre caliente, los celos enfermizos, el sexo, donde tampoco escapa la importancia del poder.

Esto fue un verdadero detonante social.

He ahí expuestas, brevemente, lo que a nuestro juicio representan alguna de las grandes virtudes que hicieron grande a autora en cuestión.

Marta Brunet dio a la literatura chilena páginas memorables que la instalan en el sitio de los inmortales y cuya estela aun se aprecia, pese al tiempo transcurrido. El mayor homenaje que le podemos rendir, entonces, es releer sus libros, comprobando una vez más que no han perdido un ápice de sus virtudes.

TEXTO:Jorge Arturo Flores

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