Memorias de una Princesa Rusa y de una Pulga.

 

images

Por Jorge Arturo Flores

Sonrieron, de seguro, algunos cuando leyeron el título. Especialmente los que peinan canas. Incluso diríamos que más de una mirada cómplice se desarrolló en sus ojos. Es cierto, son lecturas de años adolescentes que leíamos en la clandestinidad. Generalmente era surtido por algún compañero de curso con gestos nerviosos y mirando alrededor.
Así se tejía, entonces, la historia.
Hoy nos parece juego de niños.
Los títulos a que nos referimos se articulan en el segmento de la literatura erótica, pero una literatura que no traspuso las puertas de las letras oficiales, sino se quedó enmarañada en los dedos de los jóvenes que, en aquel tiempo, debían luchar por una sexualidad más abierta. Estamos hablando de épocas en que la presión religiosa era casi absoluta y reinaba, por consiguiente, un conservadurismo a ultranza que se mimetiza con la hipocresía, el cinismo, la mojigatería y la presión social.
Terribles tiempos.

LAS FAMOSAS “MEMORIAS”

Tanto “Las Memorias de una Princesa Rusa” como “Las Memorias de una Pulga” se enmarcan dentro del tipo de novelas que narran, sin recovecos ni visajes a la moralidad, las experiencias sexuales de una princesa y de una muchacha de 14 años. Se narran vívidamente, como debe ser en la realidad, en forma natural y realizándolo… espontáneamente, con algunos matices mediáticos.
Es lo que rescatamos de estas lecturas.
En la misma línea, la descripción de las escenas sexuales son acertadas, logran interesar y despiertan, por qué no, los naturales instintos. Ciertamente en esas actividades destella las que están mejores relatadas, con buen oficio, sin buscar el aplauso fácil. En tal sentido, las reminiscencias de la Pulga voyerista se notan cuidada y proviene sin duda de alguien que posee algún conocimiento superior al básico.
La otra remembranza busca impactar, crear atmosfera lúbrica, son más gruesas, hasta artesanales.
Todas pecan, sin duda, de ampulosidad en las reflexiones marginales, cierto apego a la filosofía barata, hinchando el contenido innecesariamente y socavando la fluidez del relato. En verdad molesta tanta palabrería para explicar, buscando la justificación. Resultan innecesarias. Pretenden, claro está, congraciarse con el lector y matizar un poco las escenas fuertes, cuestión que al leyente bien poco le importa, porque lo relevante para él es la descripción del acto sexual. Los prolegómenos no le agradan. Prefiere ir derecho al grano sin tanto dialogo ni rebuscamiento filosófico. Privativo del macho. En esos momentos lo que menos se piensa es en la problemática del ser…No se nos oculta, ciertamente, que en medio de esa nube de disquisiciones está lo que pretendieron expresar, es decir, el ataque a ciertas convenciones sociales que resultaban molestas.
Los textos, en estos casos, son los subterfugios para horadar la censura mediática y han sido utilizados por la literatura desde tiempos inmemoriales.
“El tamaño no importa o no cuenta”, es lo que más se escucha en los comentarios subidos de tono, con lo cual se apacigua cualquier remordimiento masculino. Sin embargo, en estas invenciones lo que más cuenta e importa es justamente el tamaño. Al menos, las mujeres, si bien se quejan, posteriormente lo asimilan con plenitud y dan muestras fehacientes de su agrado. El lector, por su parte, también aprueba leyendo entusiasmado y echa a volar la imaginación. Es decir, la creencia popular que el tamaño sí importa cobra aquí pleno realce.
Es uno de las características de estos relatos.
Las otras tienen que ver con las variaciones propias de quien gusta practicar asiduamente sexo. No bastan las posiciones tradicionales, sino se esmeran en lograr otras más gratificantes.
Y lo consiguen.
Pero no alcanza con la diversidad de posturas. El placer es adictivo y exige más. Las calurosas actividades, tienden a rutinizarse y pierden interés. Hay que reanimarlas. Para combatir la inercia, brota la creatividad de seres ávidos de nuevas conmociones. Aparecen en escena nuevos actores que se prestan felices al acto masivo. Tenemos, entonces, las orgías sexuales, tan del gusto de voyeristas y también, por qué no, de seres normales que les agrada la diversidad, palabra esta última que cada vez adquiere una mayor preponderancia en la vida diaria. Diversidad es amplitud de criterio, no discriminación ni menos intolerancia. Entonces, qué mejor que disfrutar de los placeres carnales con amables convidados.
No hay por donde perderse.
Pero como las situaciones, aun cambiando, persisten en su rutina, pese a estar más acompañados, el narrador afila la estaca y busca más protagonismo. Por consiguiente, especialmente en los recuerdos de la pulga que habla y escribe, hay guiños a la violencia y al dolor que, para seres corrientes, resultan chocantes, porque no va con su naturaleza, pero para otros resulta atractivas, porque son adictos a estos vaivenes.
Ya lo sabemos, cuestión de diversidad.
En realidad todo se circunscribe a la clásica espiral que asciende al cielo buscando sensaciones que harten las adicciones placenteras. Es parte de la esencia humana no conformarse y siempre se aspira a más, hasta agotar el recurso y quedar en el más silencioso vacío.
También se nota en la escritura una suerte de machismo sin vuelta, por cuanto el papel de la mujer la verdad es bien secundario y solo acoge lo que depositan, aun con muestras reales de fruición, pese a la violencia que, en algunos casos, cae sobre ellas.
En la actualidad, de seguro, habría manifestaciones violentas del género.

CONCLUYENDO

Así como las mencionadas, hay varias que tocan “tan peraltada cuestión”, siempre ubicadas al margen de la literatura oficial y deviniendo, a la larga, en una literatura de culto, especialmente cuando de temas eróticos se trata.
En sustancia, son obras que van dirigidas a un público muy sui generis, al igual como lo es la literatura del sub mundo social. Constituyen aventuras de todo tipo que salen del camino y continúan en paralelo con la vida cotidiana, no sin dar sorpresas y provocar escozores morales. Es una temática que es abordada con interés, un poco por lo clandestino y que, en estos tiempos, que se suponen modernos, todavía consiguen enarcar las cejas o arriscar las narices o provocar miradas admonitorias.
Puede resultar increíble, pero es así.
Su lectura hay que tratarla como un contexto de información que, en medio de lo escabroso, representa una crítica social acerada, por cuanto condena acerbamente las costumbres, los vicios públicos y privados de personas que por su estatura, debieran ser, no modelos, pero al menos guardar ciertas apariencias, dada su figuración representativa.
Hay aquí una sanción social, donde la ironía y el desparpajo juegan importante papel.

Anuncios