MULTA POR PIROPEAR

Decirle a una mujer que pasa a nuestro lado que lindos ojos tienes o esas tonteras “que le pasó a San Pedro que se escapó un angelito” o quien pudiera ser…, etc.,  es sinónimo de afrenta, invasión a los cuerpos femeninos, un ultraje. Hay una hilera extensa de frases que los hombres, a lo largo de la historia, han remitido a la mujer que evidentemente sobresale por su belleza física. Especialmente en las artes.  Eso, con el movimiento feminista, terminó. Lo consideran, aparte de burdo, invasivo. Se sienten golpeadas, hasta ultrajadas,  y no aceptan. Hubo un caso, el primero, de un hombre que vendía lechugas. Le dijo a una muchacha, bastante agraciada, que comiera harta lechuga para seguir igual de guapa. Pues bien, ésta lo denunció, el hombre fue apresado, estuvo varios días tras las rejas, se armó la pelotera y al final lo soltaron. Sin embargo, el daño ocasionado por una falta que nunca lo fue, debió marcarlo. Es llevar las cosas, sin duda,  demasiado lejos. Lo movimientos feministas están perdiendo fuerzas por sus discursos extremos donde incluso abominan de los hombres, a quienes culpan de todos los males. Reiteramos, es llevar las cosas demasiado lejos. Incluso, aquello de denigrar al varón comienza a sonar a lesbianismo extremo y es propio de una secta, o sea, fanática, intolerante y discriminatoria. Pues bien, ¡tan terrible resulta decirle a una mujer que es guapa! ¿Tanto les molesta, tan mal les cae? ¿Es realmente una invasión a su cuerpo? Estamos claros que hay varones que, en esas circunstancias, se sobrepasan, no se miden y se desmiden, son derechamente groseros y coprolálicos. Eso es cierto y no se discute. Pero los piropos suavemente dichos, no con mala intención, es decir, donde no existe la imagen de una cama, sino con cariño, con respeto, ¿por qué habría de molestarle? Los hombres, ciertos hombres, también podrían quejarse cuando le endilgan algunas palabras que se refieren a su paquete, el trasero o   está de comérselo. Y ponen unas caritas ayayay. Es un atrevimiento que los hombres no debiéramos aceptar.

Es invasión a nuestros cuerpos.

Hemos escuchado a varias amigas quejarse porque nadie les dice un piropo. Expresan que es necesario para la estima, las hace sentirse bien. Curioso. Debieran exigirles, entonces,  a las feministas que “no se vayan al chancho”, que los hombres somos agradables, ricos dicen algunos y que la rivalidad entre hombres y mujeres es innecesaria porque ambos nos necesitamos. ¿Podrán doblegar esas mentes secas, fanáticas, heterofóbicas, enceguecidas de resquemor hacia lo masculino y suavizar la lucha? “Difícil, muy difícil” decía una canción de Alan y su Bates en tiempos de la cocoa Raft.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020