¿NOS TOMAMOS UNA CHELA?

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Chile está considerado como uno de los países más bebedores en el planeta. No recordamos el puesto exactamente. No nos alcanza, sin embargo,  para ser campeones mundiales, pero así como vamos, ligero llegaremos. Como beber en exceso no es una virtud ni es suceso que merezca  loas, (salvo el de los ebrios), resulta curioso que constituya una meta insoslayable  cuando se trata de junta con los amigos o amigas. Antes de comprar comestibles, por ejemplo, lo primero son las cervezas. A veces vino ( se está fomentando más) y algún trago fuerte. Pero lo normal y forzoso, cerveza. Por ahí cae de repente alguna bebida, la cual, sin duda, deberá sentirse medio ajena entre tanto alcohol y no es, como quisiera ser, la más pretendida y acosada. La cerveza le gana lejos. También surge el pisco chileno, sí, chileno, para los combinados con gaseosas. Pero la cerveza o chela continúa venciendo.  Entre los jóvenes, decíamos, es lo más usual. No se nos escapa que entre personas maduras y mayores también hay prontitud por empinar el codo y beber hasta el hartazgo. ¿Por qué esta afición chilena que viene de tiempos ancestrales? ¿Por qué es incapaz de departir sin embriagarse? ¿Es necesario recurrir al aliciente alcohólico para estar alegre? ¿No puede “conversarse”  un café, un jugo o unas” bebidas”, sino tiene que ser alcohol? ¿Tan necesario es para “pasarla bien”?. ¿Se concibe, acaso,  una fiesta o un conversatorio sin gotas de alcohol? No, por supuesto que no. Resultaría hasta escandaloso. ¿Por qué? preguntamos otra vez. Sin duda, es una droga, pero aceptada socialmente. Menos vilipendiada que las otras, como hierbas, coca y tabaco, aunque hacen tan mal como aquellas. En el fondo, pensamos, el chileno no es muy alegre por convicción y lo es más por obligación. Por eso necesita el acicate. Por otra parte, sin duda,  tras ello se esconde algún  problema, algo le aqueja, existe allí un dolor, un complejo, un obstáculo que le impide soltarse. Frente a eso, por supuesto, no hay por qué zaherirlo, sino comprenderlo. Pero preocupa, a veces, ese afán tan desesperado por ingerir alcohol a destajo, sin límites y después, a los días, pavonearse de cuántos litros se bebieron, una costumbre tan chilena, tan masculina, tan machista. Y, lo peor, dura hasta hoy y no tiene visos de extinguirse. Si no lo cree, dese una vuelta por los corrillos de hombres, jóvenes y mayores y compruebe que las carcajadas son recurrentes cuando  hablan que se “curaron” con el Jonathan hasta el alma, las huevás que hicieron, putas que lo pasamos bien.  Al día siguiente, botados todo el día con resaca. Aceptémoslo. No somos nadie para criticar, tan solo reflexionar sobre lo que consideramos las razones – algunas – del por qué los hombres, en especial, les gusta tanto beber. (Las mujeres cada día lo hacen igual). Ahora bien,  no somos santos en la corte, nos agrada el beber, pero para saborearlo y departir, ojalá con mujeres. Eso es otra cosa. ¡Salud compaire!.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2020