PARA LEER A PROUST. La Mirada de Alone

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Por Jorge Arturo Flores

El libro publicado por Daniel Swinburn (2001) y que se relaciona con las 8 crónicas publicadas por Alone sobre el volumen de Marcel Proust “En Busca del Tiempo Perdido”, nos permite  apuntar algunas notaciones que nos parecieron interesantes.

Desde luego, en el año 1928, tiempo en que Alone publica sus ensayos, la lectura de Proust era prácticamente desconocida en Chile,  sólo acreditada en círculos  mínimos y no existía mayor repercusión del autor francés.

En segundo término, el surgimiento de estos artículos, escritos en La Nación en los meses de marzo, abril, mayo, junio y agosto de 1928, aparecen un año después que en Francia se publicó el último tomo de la saga del escritor galo, lo cual,  para aquellos tiempos, es transcendental.

Tercero, lo ensayos en comento representan un trabajo absolutamente distinto de Alone en cuanto a su modalidad crítica. Es decir, constituye una tarea muy seria, sesuda, carente de emoción, más cercana al academicismo imperante, lejos de sus famosas crónicas literarias que  gustaban por su ironía, elegancia estilística, un humor muy sui generis, una forma de analizar textos en que la amenidad prevalecía, etc.

Acá emplea, en las apariencias, la herramienta del ceñudo investigador que va arrojando sus conclusiones después de leer asiduamente los 7 tomos de la inmensa obra.

Es, en el fondo, el afán de un crítico.

Hay, además, la parte anecdótica. Las crónicas estaban en condiciones lamentables y su desaparición era cosa de tiempo. Swinburn realizó titánicos esfuerzos, primero para rescatarlas, luego para restaurarlas y, por último, para convertirlas en libro.

Finalmente, los artículos muestran la pasión de Alone por el escritor y sus vehementes deseos por darlo a conocer  en el ámbito literario de su patria, esfuerzo que, sin embargo, no tuvo los frutos esperados, sino  tiempo después y no con el entusiasmo que seguramente el cronista literario proyectó en su intimidad.

Alone debió ser el primero en hablar de Proust en Chile.

Al menos en la prensa escrita.

LOS ENSAYOS.

Son ocho  publicados y  cogen los siguientes temas: El estilo, La poesía, El Humorismo, El Amor, El sentimiento de la naturaleza, La idea de la Inmortalidad, El Tiempo y el Temperamento Femenino.

Como puede verse, un amplio friso.

Alone explica la claridad que posee el estilo de Proust, pese a las páginas densas, sin punto aparte ni aireación de frases cortas. Es  una “sucesión ondulante de periodos”, con frases alargadas ad eternum, analizando al microscopio la esencia humana, en un trabajo ímprobo que pocos podrían adjudicarse. Aunque asume que esos anchurosos párrafos sumían en profundos letargos a lectores, incluso inteligentes y cultos, refuta, sin embargo, la aparente oscuridad y consistencia del estilo, indicando que, una vez compenetrado, el leyente se asomaba a un mundo increíble.

La poesía, dice Alone, no puede faltar en ninguna obra del artista que se precie de tal. Y en Proust esto se percibe inmediatamente. Se extiende sobre la incorporación de frases y descripciones que se embeben del halo poético. Hay por allí una frase que le encantó “y en que el oído no percibe otra música que la que toca la luna en el caramillo del silencio. Y en un cuadro recoge esta expresión que  nos agrada sobremanera: “mientras las barcas vuelven estirando las aguas jaspeadas”.

Estos hallazgos, esta forma de “escritar”, con seguridad hoy ya no tiene admiradores y suena  a añejez, pero la belleza, la imperecedera belleza, no posee espacio ni tiempo y es eterna.

Solo algunos  finísimos espíritus pueden percibirla.

No queda muy claro la explicación de  Alone sobre el  aparente humorismo de Proust en su obra. La verdad es que divaga  acopiando antecedentes, libros y autores para representar la idea del humor en el libro, pero, en el fondo, deviene en un ensalzamiento de  la ironía y la sátira que  utilizaba el autor.

El amor, tema insustituible en cuanta novela el hombre ha creado en el  devenir del tiempo, también emerge en  los tomos de Proust, pero, obviamente, su tratamiento es  distinto a lo usual. Acá, por ejemplo, dice Alone, las mujeres casi no aman, al contrario de los  hombres que aman como mujeres. Los entendidos en materias sexuales columbrarán de inmediato a que se refieren estas elucubraciones. Expresa  en su análisis que el autor no ensalza el amor ni lo hace pedestal de la trama, que no existe, sino es el naturalista asomándose a la investigación del motor humano, su interior, su intimidad. Es otra mirada, otra la habilidad, otro el método. Ciertamente hay pasión, celos enfermizos, escenas, pero visualizadas desde una perspectiva diferente.

Era previsible que así  fuera.

Si bien Proust logra imágenes admirables en la descripción del sentimiento de la naturaleza, no es menos cierto que evita caer en la exageración de quienes se engolosinan con la descripción en forma lata y extensa, obligando al lector a fastidiarse y saltar páginas. La mirada de Proust, si bien propensa a describir la natura, busca ante todo  al individuo, su vida íntima, sus reacciones, su transitar en este mundo. Sin embargo, como pequeñas flores a lo largo del campo, anota bellas descripciones  sobre el ámbito natural. Véase por ejemplo, dentro de un párrafo, esta hermosa frase “…mi cuarto que protegía temblando su frescura transparente y frágil contra el sol de la tarde, con la defensa de las persianas, casi cerradas, y en las que, sin embargo, un reflejo de luz había hallado medio de abrir paso a sus alas amarillas y se había quedado inmóvil en un rincón, entre la madera y el cristal, como una mariposa en reposo”.

Notable.

El análisis brillante de un  trozo musical,  el sabor de la magdalena, la vacilación del pie sobre un ladrillo mal equilibrado en el pavimento,  el sonido de un cubierto al chocar con un plato, el ir y venir de los campanarios de Martinville, la luz en los muros cercanos y el ruido de los remos  hundiéndose en el agua, entre otras miniaturas brillantes, le permite elucubrar a Alone sobre la idea de la inmortalidad que prevalece en la obra de su autor favorito. Esas situaciones aparentemente triviales y simples logran el portento de liberar del tiempo al actor en un brevísimo instante, en una suerte de relámpago, permitiéndole asomar al tiempo químicamente puro. El goce estético invade la inmortalidad, despojando al ser de todo lo superfluo y proyectándolo al estado en que deja de ser, muere y se libera.

Cierra esta saga de ocho ensayos el referido al Tiempo. Lo hace en junio de 1928. Es el  número siete. Posteriormente, en agosto del mismo año, publica el último como una especie de colofón del libro, escogiendo, eso sí, una arista realmente significativa: la homosexualidad.

El capítulo dedicado al  Tiempo, especialmente la descripción del baile de máscaras, además de constituir un Grand Final notable, nos permite irrumpir en la idea que tuvo Proust al emprender el camino de su portentosa obra. Es, en sustancia, el personaje que deambuló por todo el libro y que  se caracterizó, esencialmente,  por carecer de  la estructura clásica de una novela.

CONCLUYAMOS

Tal como lo hemos manifestado en otra glosa referida al texto en comento, esta tentativa de Alone de enjuiciar el texto de su autor favorito nos pareció absolutamente distinta a lo que nos tuvo acostumbrado en más de medio siglo leyéndole. Buscamos las razones por las cuales nos pareció tan opuesto y, luego de mucho ahondar,  dimos con el quid del asunto.

Es la forma de exponer.

Acostumbrados al retintín de un estilo inmejorable, donde la ironía, el humor, las salidas agudas, los hallazgos estilísticos notables, la agudeza de sus juicios, el buen gusto llevado a su máxima expresión, etc. resultaban virtudes cautivantes,  los 8 ensayos nos parecen alejados de esa idea y se acercan a lo que él mismo eludía: el matiz docto, académico, tajante.

La gran diferencia, obviamente, es la ausencia de la jerigonza técnica a la que son tan adictos los soporíferos doctores de la ley.

Al deslindar con ese mundo académico, su prosa pierde altura y, levemente, carece de la emoción, de la sensibilidad, del calor que impregnaban sus páginas, mostrándonos un trabajo, claro está,  irrefutable, serio, profundo, docto, pero, reiteramos,  carente de la calidez típica de su genio.

Es lo distinto.

Porque el trabajo en sí, repetimos, es notable, ya sea porque fue el primero en abrir la senda sobre Proust en Chile, ya porque demuestra, al través de sus juicios, un conocimiento hondo, acertado y una pasión jamás extinguida.

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