Pedro Antonio González, Poeta maulino

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Jorge Arturo Flores, escritor maucho.

Si bien las historias literarias lo consideran al momento de investigar poetas chilenos, su obra no ha traspasado los límites del tiempo y se quedó empantanado en el olvido. Para muchos eruditos es el padre del Modernismo, corriente poética que tuvo su cenit antes del año 1900. No es menor, claro está.  Incluso hasta podría considerársele un poeta de culto. Sobre su vida y obra  circulan rumores, algo de leyenda y apelativos referentes a su vida disipada, porque el hombre representa fielmente el alma de bohemio antiguo, adicto al alcohol, a visitar  buhardillas y cantinas, a beber con sus amigos y a emplear la pluma casi constantemente, dejando, como buen despreocupado, las paginas arrugadas en su vestimenta. Decíamos que le habían colgado varios motes: El Ultimo Maldito, el Caballero del Ritmo, el Primer poeta modernista de Chile.

Todo ello alineado con su trabajo literario.

RASGOS BIOGRAFICOS

Pedro Antonio González nació en Curepto, región del Maule, en un lugar llamado Coipué que está en la ribera sur del rio Huenchumallí (1863). Esta parte hoy pertenece a la comuna de Constitución, pero entonces lo era de la comuna de Curepto. Por ahí a veces hay confusiones. Lo cierto es que el vate es cureptano. Y por derivación, poeta maulino.

Un tío sacerdote lo envió a estudiar Leyes a Santiago, costeándole estudio y estadía. Tiempo después llegaron a sus oídos rumores sobre las actividades del sobrino, más empecinado en llenar su estómago de alcohol antes que estudiar. Cortó de inmediato la fuente de ingresos.

Comienza, entonces, la desventura del poeta.

Se le verá vagar por calles,  enfurruñado, serio, mal vestido. Melancólico. Publicará algunos poemas en los diario La Ley, Tribuna y en la Revista Cómica de Santiago. Sus deudas serán pagadas por sus amigos. Hará clases intermitentes y casa con Ema Contador, a quien abandona en su primera noche de bodas.

La cabra tiraba para el monte.

Su vida se extinguirá a los 40 años en 1903, producto, ante todo, de su desmedida afición por “empinar el codo”. Será un final triste, solitario, pobre, en sala común, propio de quien hizo de su existencia un permanente caminar bohemio, enemigo de las estructuras, alejado de la sociabilidad, convertido en un lobo solitario.

Antes de fallecer dejó un breve mensaje poético que lo retrata:

“Cuando las puertas del hospital se cierran y ya está entrando el crepúsculo, me pongo triste. Esta sala se va oscureciendo poco a poco. Voy persiguiendo la luz que se va por arriba del muro. Entonces entra la luz mortecina del farol. Pienso las cosas más disparatadas… Y aunque me han puesto este biombo para que no mire a los otros enfermos, miro todas las camas y me imagino los rostros flacos, amarillentos con los ojos hundidos…”.:

LA OBRA DE PEDRO ANTONIO GONZALEZ

En vida publicó un solo libro: Ritmos (1895). Su poema más conocido fue El Monje que él recitaba gravemente. Es un extenso poema.

Noche. No turba la quietud profunda
con que el claustro magnifico reposa
más que el rumor del aura moribunda
que en los cipreses lóbregos solloza.
Mustia la frente, la cabeza baja,
negro fantasma que la fiebre crea,
cadáver medio envuelto en su mortaja,
un monje por el claustro se pasea.
De cuando en cuando de sus ojos brota
un súbito relámpago sombrío:
el trágico fulgor del alma rota
que gime y se retuerce en el vacío.
No lo acompaña en su mortal desmayo
más que la luna que las sombras ama,
que una lágrima azul en cada rayo
sobre las frentes pálidas derrama

Pero existe otro trabajo, casi impensable, pero propio de su carácter”modernista” que aborda lo lúdico, lo risueño, lo irónico: Oda al peo, que, aunque anchuroso, contiene ribetes de genialidad.

Comienza así:

Yo te saludo, oh emanación del poto!
Augusto prisionero
que llegas a golpear el agujero
con vivísimas ansias de lo ignoto.

 

Recordemos la época, el año, las costumbres, los corsets religiosos y morales y se podrá entender la audacia del poeta.

Hoy a lo más provoca una sonrisa, jamás una condena

La publicación de Ritmos, por otra parte,  abre una nueva ventana en la poemática chilena. Es el inicio de la corriente modernista en nuestro país. Es un innovador. González da origen a una escritura exótica, preciosista y sonora, plagada de solios, plectros, topacios, nardos, salóbregos y plaustrios, que renuevan el lenguaje gastado de muchos de sus coetáneos” (Naim Gomez)

Aunque los cambios provocan al principio la natural resistencia humana, especialmente en el mundo artístico, esta vez su quehacer lírico fue bien recibido por la crítica nacional y por sus lectores. Ciertamente se redujo a un mundo específico, pero igual tuvo seguidores, especialmente jóvenes.

Como sucede hoy con Nicanor Parra.

En síntesis, la obra del poeta cureptano Pedro Antonio González, si bien apreciada y contundente, aunque escasa, tuvo su minuto de gloria en su época,  marcó un cambio sísmico  cuanto a escribir poemas, especialmente, por su afán de romper moldes y adscribirse a la corriente modernista. Buen versificador, culto, el vate lamentablemente no ha trascendido en el tiempo, es uno más de los tantos  olvidados y  estas páginas puede servir para que su figura, agigantada desde entonces, no pierda su estatura en el veleidoso concierto literario.

El hombre fue realmente un gran poeta.

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