Pedro Nolasco Cruz y Eliodoro Astorquiza

mag

Por Jorge Arturo Flores

Críticos literarios pertenecientes a una época bien determinada en la historia de las letras chilenas. Comentaristas de viejo cuño, a la antigua, importantes en su período, con un celo por el estudio de las letras realmente notable. No trascendieron el tiempo y se les olvida con facilidad. Razones hay muchas, donde el lustro en que se desarrollaron ya está difuso en la cronología, no interesa a nadie y, luego, porque sus juicios, sin bien interesantes, carecen hoy de valor, apagados por la vorágine de la contemporaneidad.

En nuestras lecturas sobre la literatura chilena siempre nos topábamos con ellos cuando se necesitaba  algún punto de referencia  de la primera mitad del siglo veinte, específicamente los primeros treinta años. Los mirábamos  de lejos, claro está, pero siempre se mantuvieron en la mira, dejando su estudio para después. Había algo interesante en su quehacer que no resultaba fácil desdeñar.

No haremos el estudio pormenorizado de su obra, pero si nos remitiremos a pergeñar algunos matices que nos parecieron sugestivos y hasta curiosos.

Ambos tienen algunas coincidencias.

Se titularon de abogados, no ejercieron de inmediato, sino realizaron tareas fuera de su contexto. Posteriormente regresan a la arena de las leyes, y, al mismo tiempo, comienzan su labor en el comentario de libros. Uno ejerció su profesión  hasta su muerte y el otro se dedicó derechamente al periodismo literario. Uno y otro católicos, conservadores, radicados socialmente en la clase acomodada.

Al parecer, sin estrecheces económicas.

Su admiración por las letras francesas también es hilo conductor en sus análisis y visión literaria.

Son los hitos que los unen.

El último lazo es su mirada a la literatura chilena.

Allí concuerdan en una visión no precisamente seráfica ni optimista sobre la evolución de las letras nacionales. Sus comentarios generalmente fueron ácidos, duros, tajantes, sin importar las consecuencias.

Pedro Nolasco Cruz, por ejemplo, atacó rudamente la tarea de Pedro de Oña, Moratín, Joaquín Edwards Bello, Gabriela Mistral, Francisco Bilbao, etc.

Por su parte Eliodoro Astorquiza no aceptó simplemente la producción poética en Chile, negando sus cultivadores y adhiriendo al escritor español Menéndez y Pelayo sobre la inexistencia de poetas en Chile. Publicó un artículo “¿Ha habido poetas en Chile?” (El Diario Ilustrado, 5 de abril de 1931) que toca el tema, el cual provocó impacto y algún  daño en el devenir de la literatura chilena. Raúl Silva Castro expresa que el artículo pudo haber sido concebido en “estado sonambulesco” porque de otro modo no se concibe tal desatino. Y agrega que, en el mismo ámbito, Astorquiza dio con juicios acertados, provistos de “cierta agudeza algo rústica, no exenta de ribetes de cáustica ironía para inducir al lector a fácil hilaridad”, lo cual podría explicar el tenor de su comentario tan fuera de tiesto.

Decía Astorquiza en su columna periodística: “Sobre este asunto, las opiniones están divididas. Hay quienes (creo que Armando Donoso es de ellos), estiman que, antes de Gabriela Mistral, no hubo verdaderos poetas en este país. Otros dicen que, si estos, en verdad, no son muchos, sería exagerado reducir su número a uno. Por fin, hay personas de buena voluntad que hacen subir este número, no a cinco, diez o veinte, sino a ciento: circulan por ahí antologías o “selvas líricas” que confunden por su copiosidad”.

Y remataba su artículo: “En suma, no hubo poetas antes del 91; después los hay, salvo error u omisión”.

 El juicio de Alone sobre Pedro Nolasco Cruz, por otro lado,  no es precisamente alabancioso. En  su Historia Personal de la Literatura le dedica siete páginas. Abunda en el conocimiento  del autor, pero se solaza en el análisis de su magisterio, enjuiciando su crítica literaria y allegando argumentos que desmenuzan y refutan la idea crítica del autor en comento. Las siete páginas, como todo lo de Alone, se leen de un envión y el leyente disfruta con la ironía de sus juicios, la magistralidad de su estilo y la agudeza de sus elucubraciones. En el fondo, no entiende el proceder de  Cruz respecto de ciertos escritores chilenos y le enrostra su carencia  de sensibilidad para internarse en los vericuetos íntimos y literarios de ellos. Repróchale su enfermizo afán por defender a la Iglesia católica de sus detractores, lo cual, sin duda, limita el horizonte de sus temas. Se explaya sobre el caso de Francisco Bilbao, quien en la mira de Pedro Nolasco Cruz, surge como un ser totalmente trastornado y soñador, todo lo cual lo deja frío. Alone interpreta esa postura como el parámetro esgrimido por el crítico, en el que  prevalece, ante todo, el sentido común.

Donde   Cruz y Astorquiza se distancian es en la forma.

Aquel, como hemos visto, es seco, franco, incisivo, descontadizo, acre, un poco intolerante, alejado de las nubes y siempre pisando el suelo. No se permite sonrisas, al contrario de Astorquiza que, si bien coinciden en lo medular, sus comentos al menos contienen ciertas dosis de ironía y alguna causticidad que provoca la sonrisa en el lector, haciendo, evidentemente, más atractiva su lectura.

Eso, repetimos, los diferenció un  poco (*).

Porque  lo cardinal, es decir, esa resistencia casi agresiva hacia los escritores y poetas chilenos, se mantuvo en el tiempo y no dieron su brazo a torcer, aun  cuando desde el frente le respondieron con argumentos sólidos. Representan un poco la estampa de señores conservadores, chapados a la antigua, inalterable en sus convicciones, seguros de sus asertos y confiados en sus conocimientos.

Analizando el libro de Marta Brunet “Bestia Dañina”, Cruz finaliza el artículo con las siguientes expresiones, que retratan un poco al crítico: “ En cuanto a mí, si al abrir un nuevo libro de Marta Brunet me encuentro con la puebla, la meica, el fuerino, la muchacha templá, el peón, el vaquero, el “siempre mi habis gustado hartazo”, si me encuentro con esto, digo, cierro inmediatamente el libro y no lo leo (Estudios de Literatura Chilena, 1940, Pedro Nolasco Cruz).

Mal no le hicieron a la historia de nuestras letras, sólo fueron diferentes y si espigamos en su abultada producción literaria, conseguiremos varias perlas, que constituyen certezas en el enjuiciamiento de autores chilenos.

Por eso están en la historia de la literatura chilena.

….

(*) Dicen que la muerte iguala a los seres humanos. Mal que mal todos repiten el mismo rito. Respetable opinión. Pero en el caso de Cruz y Astorquiza no se da. Las fuentes de información sobre Pedro Nolasco Cruz, después de su fallecimiento, son mayores a la de Eliodoro Astorquiza. Por lo menos, es lo que hemos comprobado en nuestras pesquisas.