PERTENECEMOS A UN MUNDO CADA VEZ MAS ANGOSTO Y AJENO

Mientras más rápido pasan los años, y, por consiguiente, más veloz llega la tecnología, arrasando con todo aquello que formaba parte de nuestra vida cotidiana (somos generación del 60), más resueltos  ingresamos en el mundo quijotesco  de creer que es posible, todavía, mantener algunas cosas a buen recaudo, como, por ejemplo, la lectura, los libros, el agrado del buen escribir, ver un filme entretenido y profundo, caminar por senderos sin contaminación acústica, visual y ambiental; escuchar música clásica, óperas y también las canciones del recuerdo, esas que nos acompañaron nuestra juventud; dialogar, es decir, conversar con alturas de miras y respetando el tiempo del interlocutor; hablar de lo que nos agrada frente a personas que entienden, gustar  un buen café de grano con una barra de chocolate, oler y tocar nuestros libros queridos, compañeros de vida; meditar en la playa oyendo el bramido del mar y las olas corriendo a juntarse  con la orilla, ¡hasta vibrar con un partido de futbol!, etc.etc. Hay tanta cosa valiosa. Eso queremos mantenerlo a salvo del ataque tecnológico. Simples cosas. Suena quijotesco, sin duda, porque si observamos alrededor, donde todo es vértigo, veremos otro panorama. Lo corriente es ver personas mirar compulsivamente el celular, hablar a gritos por él, escribir nerviosamente en el whatapps, escuchar música estridente, hablar todo en voz alta en medio de risotadas. Beber es la meta. Bebida y droga. (¿Le estamos poniendo mucho?). Otra época, otros tiempos. Para  sobrevivir, hay que amoldarse. “Al país que fueres haz lo que vieres” dice el refrán. Y a eso nos remitimos, a vivir de acuerdo a la modernidad. No se puede quedar al margen. De lo contrario nos convertimos en parias, en seres extraños, en personas anticuadas. ¡Ah, mundo quijotesco que aspira  a cultivar, el arte, la música,  lo altruista de la mente humana! Difícil panorama. Sin duda, “los de entonces ya no somos los mismos”.

ARTURO FLORES PINOCHET escritor 2019