Hernan Díaz Arrieta (Alone) y Mariano Latorre (Polémica del criollismo)

Prohibese la reproducción del texto, salvo que se indique el nombre del autor y la fuente.

 

                                  

Por Jorge Arturo Flores

Conocido de los diletantes literarios fue la famosa “querella del criollismo” en que Alone debió enfrentarse a varios autores que defendían los postulados de la corriente literaria, especialmente, a su mentor, Mariano Latorre.

Alone, desde un principio, no le agradó la forma de relatar del supuesto maestro. Encontraba que la natura absorbía a los personajes, como La Vorágine de Rivera; que su trama era muy simple, que el prurito de transcribir el habla de los campesinos entorpecía la fácil lectura, que no había mayor interés en retratar la interioridad de los protagonistas y que, en el fondo, era más bien un poeta antes que un narrador, debido, más que nada,  a su afán furibundo por describir con lujo de detalles la naturaleza. Los comentarios sobre su tarea literaria bordean el sarcasmo. La ironía se despliega sin eufemismos y lo trata derechamente mal.

No le gustó, que duda cabe.

Con posterioridad, la batalla entre ambos cogió otros derroteros, donde la político levantó su bandera y  ciertas inclinaciones biológicas de Alone fueron objeto de feroz escarnio.

Es decir, el análisis literario propiamente tal o el debate en ese miraje perdieron su consistencia y  pasó, con liviandad ciertamente manifiesta, al encono personal.

Alone, por ejemplo, no le dio la pasada a Latorre para su incorporación a la Academia Chilena de la Lengua, aduciendo razones de índole particular antes que literaria. Latorre por su parte hizo correr ciertos versos clandestinos donde se abría a los gustos sexuales de Alone.

No fue, claro está, una rencilla al estilo de las que tuvieron Neruda, de Rockha y Huidobro. Acá fue más soterrada, sin salir al viento. Hubo mucho corrillo, chismes y tertulias picarescas.

Es que Alone, desde su magistratura de crítico literario, ponía ciertos límites y no convenía al éxito editorial irse a las patadas públicamente con él.

Solo lo justo para no desentonar.

Algunas perlas

Recorriendo algunas crónicas relativas a los libros de Latorre, ( Zurzulita, On Panta e Isla de los Pájaros, coincidente esta ultima con la muerte del autor), Alone despliega una serie de argumentos contra la tarea de Latorre que bordea la genialidad. La ironía y el epigrama se muestran en toda su dimensión y sólo el lector medianamente avisado capta los estiletes que dirige al autor de marras. Con la elegancia acostumbrada, el cronista literario hunde el bisturí, no por encima, cortando carnes, sino simplemente lo entierra a fondo, sin importarle los tejidos que secciona.

Así como estigmatizó a Prendez Saldias con su libro 27 mujeres en mi vida (“Muchas para amores, pocas para amoríos”), así también desliza dictámenes similares cuando dice: “Fuera de la facilidad, el autor de Zurzulita carece por completo de otra virtud artística no menos importante: la armonía, el equilibrio, la proporción, esa mesura griega que encanta a los franceses”. “Mal sicólogo, como todo lírico, Mariano Latorre no acierta nunca con el toque justo, preciso y luminoso, no sabe contenerse. Sus ideas generales resultan, a veces, cómicas por inexacta o exageradas”.

Y lo remacha: “Pero tanto la difícil pesadez del estilo como el recargo desequilibrado de las descripciones y la falta de penetración y justeza en las observaciones sicológicas resultarían imperdonables, si no las agravara un vicio intelectual, el peor de todos: la falta de sencillez y de buen gusto para elegir las palabras”.

Y si de palabra se trata, Alone dice sobre el llamado maestro del criollismo: “Mariano Latorre no sabe nada de esto. Cree que la palabra es un simple signo algebraico y, con tal que signifique tal cosa, puede empleársela indiferentemente  para significar tal cosa. Más aun, Mariano Latorre siente una secreta predilección por la palabra mala, la palabra cursi, sabia y desagradable”.

Como si esto fuera poco, hay un cierre de juicio que ha sido escogido por autores para mostrar las discrepancias entre ambos escritores. Dice Alone: “El campo es monótono, él es monótono; el campo es simple y pesado, él es pesado y simple; los campesinos hablan y piensan tonterías bajas, vulgares, pequeñas; él se encierra en un circulo asfixiante de estupideces capaces de matar a cualquiera”.

Hay más.

“La paciencia de Mariano Latorre como escritor, la suma de energía, de perseverancia y de resignación que demuestran sus tres volúmenes bastarían para canonizarlo. Por desdicha, a esta gran cantidad de virtudes morales no corresponden virtudes análogas de inteligencia.”

Mirando en lontananza y para la posteridad, el cronista literario de El Mercurio indica que, “como autores, no quisiéramos haber escrito una página, ni una línea de sus libros”. También expresa, con una gota de ácido en la punta de la pluma: “Hoy, como hace diez años, creemos que Mariano Latorre constituye una esperanza para el arte nacional”.

Véase la cronología (“hace diez años”) y la expresión “esperanza”.

Allí está todo dicho. Literariamente hablando, Alone pulveriza a Latorre y lo deja convertido en todo, menos en el escritor que éste con seguridad soñó ser.

El arte y la tarea de Latorre

Desde luego hay dos factores que conviene resaltar en torno a la labor de Mariano Latorre. Uno tiene que ver con su afán literario: aquí hay detractores y defensores.

No tanto en lo concerniente a su tarea.

Todos coinciden en destacar la laboriosidad, el tesón, la intención cíclica, la honestidad y fuerza en el empleo de los recursos literarios, su vocación impenitente en orden a completar la tarea invocada como religión.

Eso se destaca y no hay mayores recriminaciones.

Sin embargo, cuando lleva al papel lo planteado como forma de vida literaria, comienzan los quejidos, algunos gritos, ciertos desencuentros, la nota despiadada. A la hora del recuento, no son muchos los que valorizan su comportamiento artístico.

En realidad, lo distinguen mas que nada desde la perspectiva académica.

Sí existe algún consenso para enrostrarle su capricho de representar hasta la saciedad la naturaleza, olvidando la acción del hombre y su perfil sociológico. Si bien se glorifica su prosa poética, porque tiene innegables atisbos líricos, no se oculta su carencia de vida, de emoción y de sensibilidad al momento de construir un relato en torno a la anécdota, dejando desperfilado el interés que debe inducir  en sus lectores.

Aquí interviene Alone y sus alusiones mordaces en torno al trabajo literario de Latorre.

No le perdona el aburrimiento que sus libros provocan.

Enfrentando incluso a pareceres académicos, profundos, aunque sosos, el cronista literario las emprendió  contra  los criollistas, atacando ese punto, incluso restándole cualquier valor artístico a la narrativa y creando, según algunos, la corriente imaginista, más universal, menos provinciana, más encapsulada en el comportamiento íntimo del hombre, al estilo de Proust, uno de sus faroles, como una manera de llamar la atención sobre el localismo en que habría caído la literatura nacional.

Ahí ardió Troya y una de sus manifestaciones fue la querella del criollismo en que Alone se mantuvo solo frente a sus contestatarios. La verdad es que luchó con denuedo, antes, durante y después de la querella, aunque demasiado solitario para lo que era su sentir. Se echó de menos el apoyo de ciertos escritores que contaban con el favor del cronista y que los sindicaba incluso como parámetros para evitar el somnífero criollista.

Pero no se crea que su ataque era majadero o antojadizo.

Destacó en todo su valor  otro tipo de criollismo, más humano, más personal, aunque provinciano, en que el relato se presenta en su justa dimensión, sin oscurecer la trama ni ahogar a los personajes. De ahí entonces que saludó y mantuvo su admiración hasta el final por el quehacer literario de Marta Brunet y Luis Durand. Destacaba el valor artístico de sus obras, en especial el tratamiento del estilo, del lenguaje y la intención por sumergirse en la interioridad de los protagonistas.

Cuestión de gusto personal, al fin y al cabo. La única medida, por lo demás, que en vida poseyó el gran Cronista Literario.

Consecuencias de la reyerta

Cabría preguntarse con justa razón ¿cuál fue el resultado de esa guerrilla literaria entre criollistas y Alone?. ¿Cuál su efecto más notorio en la evolución de las letras chilenas?.

A primera vista, diríase que convenció la postura de Alone en el tiempo. El criollismo se apagó como tantas modas y no ha prevalecido hasta nuestros días. Sin embargo, fue necesario para su época y, en cierta forma, para la literatura chilena.

Lo que ha preponderado desde entonces, por cierto, es el tratamiento del universo sicológico en la literatura, muy en la onda de Proust y Faulkner, en orden a dar prioridad al hombre y al fluir de la conciencia, con las variaciones propias de la evolución genética.

Para comprobarlo, basta leer hoy lo que se escribe.

Grand Finale

Atrás quedó la batahola provocada por los defensores y atacantes del criollismo como corriente literaria, los silencios plagados de murmullos en torno a la pelea de Alone con Latorre, los sesudos, enrevesados y soporíferos estudios académicos (al estilo Goic) y otros no tanto,  alrededor de las derivaciones que esa batalla provocó en el examen  de la literatura chilena.

Allá quedó la polvareda.

Sin embargo, volviendo a repasar las perlas de Alone sobre la verdadera categoría literaria del denominado Maestro del Criollismo, aparte de sonreír o asentir con simpatía, y sopesando debidamente  cada una de sus palabras, queda la sensación que el Maestro de Escritores no estuvo muy perdido a la hora de poner sobre la mesa la importancia de ciertos valores artísticos indispensables en la lectura de cualquier libro que se precie de tal.

Diríase, sin asomo de duda, que dio plenamente en el blanco.

TEXTO: Jorge Arturo Flores

FOTOGRAFIA: prensa y memoria chilena

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