PREMIO NACIONAL DE LITERATURA (No Lo Merecieron)

PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN, SALVO QUE SE MENCIONE AL AUTOR Y LA FUENTE.

 

literatura_fichaPor Jorge Arturo Flores

         

ACIERTOS, OLVIDOS  Y ERRORES   

El Premio Nacional de Literatura instituido en Chile en 1942 para premiar, al principio, una vida dedicada al cultivo de las letras, lo que involucraba la trayectoria y creatividad de los escritores chilenos, devino posteriormente en una suerte de jubilación para autores al borde de la inopia o en un simple pago de favores políticos por parte del gobierno de turno. Su resquebrajamiento ético comenzó cuando dejaron de participar mayoritariamente en el jurado los escritores, esencia del meollo, y fue trasladado a personas dedicadas a cualquier cosa, menos a escribir libros: desde rectores de Universidad hasta ministros de Educación.

Ese fue el primer paso.

El segundo, cambiar las normas del laurel (entrega cada 2 años, presentación de currículos).

De ahí entonces que el nombramiento concite tanto interés en la prensa como en el gremio cuando acontece. Como todo galardón que se precie de tal, el veredicto siempre ha estado en la caldera de la polémica y, desde un tiempo a esta parte, las razones políticas han prevalecido sobre las literarias.

Es por ello que algunos favorecidos nunca debieron recibirlo.

Los favorecidos por la gloria

Brincan de inmediato los dos Premios Nobel: Pablo Neruda y Gabriela Mistral, con la curiosidad que a la Mistral se lo dieron después de recibir el Nobel.

Es un caso increíble de mediocridad ideológica.

Posteriormente (D´Halmar, Edwards, Latorre lo recibieron antes de la Mistral y Neruda) fueron recibiendo sus preseas escritores sobre los cuales no hay mayor discusión: Augusto D´Halmar, Mariano Latorre, Manuel Rojas, González Vera, Edwards Bello, Marta Brunet, Francisco Coloane, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Benjamin Subercaseaux, José Donoso, Isabel Allende y con algunas reservas como Pedro Prado, Julio Barrenechea, Daniel de la Vega, Eduardo Anguita y Salvador Reyes.

Todos cobijados bajo la condición primigenia del premio, es decir, recompensar la calidad, trayectoria y creatividad de los autores.

Sin duda, que los nombramientos nunca estuvieron exento de feroz polémica. La designación de Alone, critico literario, por ejemplo, produjo el efecto de una bomba, aunque no precisamente literaria, por cuanto fue la ocasión para que los denostados por el cronista le pasaran la cuenta por sus juicios no ciertamente seráficos o porque la intención de donar el premio permitió a otros ironizar con la verdadera razón del intento. En materia literaria muy poco, casi nada,  porque en sí tenía sobrados merecimientos para lograrlo, incluso, superior al de sus contradictores.

Y así muchos más.

No lo  merecieron

Desde el principio predominaron los sagrados intereses sociales y políticos. La abanderizacion ideológica fue materia de arduas peleas verbales, no descartándose a veces la proximidad de la violencia física. Era una pecha, como dijo alguien, que no dignificaba la imagen del escritor.

La política, paradojalmente, ha estado presente siempre en la investidura de los favorecidos.

Los que militan en las filas de izquierda han sido privilegiados en desmedro de los derechistas que, amén de algunas excepciones, solamente vieron la luz durante la dictadura, única oportunidad de elegir a los suyos (la mayoría, por cierto,  mediocre y desconocida).

A nuestro juicio, hay autores que no merecieron el preciado galardón.

Comenzando por los nominados durante la dictadura militar (Sady Zañartu, Arturo Aldunate, Enrique Campos Menéndez, Braulio Arenas, Rodolfo Oroz (filólogo), Roque Esteban Scarpa) pasando por el historiador, sí, un historiador, Francisco Antonio Encina, hasta los primeros (Max Jara, Ángel Cruchaga Santa María, Edgardo Garrido Merino, Juvencio Valle, Juan Guzmán Cruchaga, Humberto Díaz Casanueva, Samuel Lillo, Víctor Domingo Silva, Diego Dublé Urrutia, Pablo de Rokha, Carlos Droguett) y terminando con los galardonados durante el regreso de la democracia en Chile (Alfonso Calderón, Volodia Teitelboim, Raúl Zurita, Jorge Edwards, Miguel Arteche, José Miguel Varas, Armando Uribe). Entonces el lector frecuente, aquel que constituye el fin último de cada autor, puede reflexionar sobre el tema. Podría preguntarse: Aparte de Ojitos de Pena de Max Jara, Golondrina de Invierno de Víctor Domingo Silva, La esquina con Flauta de Julio Barrenechea oLa Lámpara Encendidade Juan Guzmán Cruchaga, ¿qué otros meritos literarios tenían éstos y los anteriormente nombrados como para acceder a tan notable logro? ¿Cuál es la obra cumbre que subsiste en la retina del lector común? ¿Dónde están los méritos relevantes que los convirtieron en inmortales de las letras chilenas?

Os invito a revolver en el inmenso pajar.

Los olvidados

Destacan de inmediato  dos cumbres de la literatura chilena, dos nombres que los lectores y los medianamente entendidos en estas materias se preguntan hasta hoy el por qué de esa omisión: Vicente Huidobro y María Luisa Bombal.

Si nos dejamos llevar solamente por el valor  intrínsecamente literario, cuesta hallar una razón que justifiquela incuria. Perosi descendemos al campo de los intereses políticos y sociales, emergen las causas de su postergación.

Es decir, lo que nunca correspondió ser.

Además de los dos mencionados, cabe citar a los que sí merecieron conquistarlo, dado, ante todo, la trayectoria y el valor artístico de su obra. Aparece Oscar Castro, Alberto Romero, Nicomedes Guzmán, Luis Durand, Raúl Silva Castro, Fernando Alegría y Jorge Teillier quien, por ejemplo, es superior a la mayoría de los poetas elegidos, con excepción hecha, lógicamente, de las cimas, llámese Neruda, Mistral, Parra y Huidobro, además de la cumbre menor, Gonzalo Rojas.

Quien ya debe obtenerlo es Oscar Hahn.(*)

Nuevamente el lector recurrente, el que sabe algo de literatura, no el exégeta ni el erudito ni menos el académico (ellos encuentran siempre razones que la razón ignora para justificar lo injustificable), se pregunta no sin justa razón: ¿cuáles fueron  las coartadas fundamentales en que se basaron los jurados para no otorgar el preciado estímulo? ¿Qué detuvo la mano, donde surgió el obstáculo o cuál fue la causa postrera que  impidió votar por ellos? ¿A qué argumentos sólidos acudieron o qué visión ideológica prevaleció para impedir que los citados no acudiesen al proscenio a recibir los aplausos del público?

Nunca se sabrá o lo supieron unos pocos, puesto que los dictámenes eran secretos.

A uno se le “escapó”, posteriormente, en una entrevista al diario El Mercurio de fecha 1 de noviembre de 2005 con Raquel Correa. Enrique Campos Menéndez, censor cultural de la dictadura militar, (“controlador” según sus palabras), justificó su permanente oposición a María Luisa Bombal expresando que era imposible dárselo  por su conducta moral: “se dedicó al alcohol, era un desastre, no era presentable, estaba fuera de foco”.

¡Espléndido argumento literario!

Separación del premio

La expresión Literaturaes demasiado amplia y abarca todos los géneros. Por ello, dar un Premio Nacional de Literatura, exceptuando el motivo, obligaría a concurrir solamente a autores que se manejaran en todos los ámbitos.  Con el objeto de evitar tanta polémica en torno al Premio de marras, resulta atinado descomponer el galardón en géneros. De este modo habría un Premio Nacional de Poesía, Cuento, Novela, Crítica  y Ensayo Literario. De esta forma, el choclo se desgrana ordenadamente, se vuelve a la designación anual y la controversia debiera bajar de tono, permitiendo además  ilusionarse con que los beneficiados podrían tener los merecimientos de sobra para conseguirlo, dado su bagaje especifico.

Premiar es excluir

No se nos oculta que en todo escogimiento hay una abierta discriminación, puesto que el factor subjetivo prima frente a cualquier tendencia absurda de objetividad. El ideal frente a un nombramiento es la independencia, pero tiene un grave inconveniente: no existe.

Sólo los obtusos pueden negarlo. ¡Ah! y los soberbios.

Es por ello que todo lo anteriormente enunciado debe colegirse como un simple juicio personal, donde las simpatías y diferencias prevalecen.

Es decir, las mismas que emplearon los jurados en su momento para bajar o subir el índice en la adjudicación de los Premios Nacionales de Literatura.

No se sale de ahí.

(*) en 2012 Oscar Hahn ganó el Premio Nacional de Literatura.

TEXTO:Jorge Arturo Flores

FOTO: memoria Chilena

Artículo publicado enla revista LA LETRA GRANDE.

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