PRIVATIZAR LAS GANANCIAS, SOCIALIZAR LAS PERDIDAS.

Esta expresión se usa mucho en los debates económicos para reflejar la contradicción de quienes adscriben al sistema de libre comercio y acuden a su gran enemigo, El Estado, cuando las papas queman. Es, en el fondo, la eterna lucha entre estatismo y liberalismo. Estos últimos dicen que el Estado debiera jibarizarse y solo constituir un ente que supervigile para que la cuestión no se salga de sus límites.
Por su parte, el estatismo pregona lo contrario. Su preponderancia, sin embargo, en torno a las ideologías ha perdido ostensible terreno y virtualmente ha sido devorado por el capitalismo. Ambos tienen, sin duda, furibundos partidarios y apasionados detractores Curiosamente uno y otro ofrecen contradicciones que no se condicen con sus ideologías primitivas. Los del estatismo son más fundamentalistas, sectarios e intolerantes. Piensan en el papel predominante del Estado en su tarea de proteger a la mayoría de la imposición de los más poderosos. Como se sabe, se han pisado la cola y no han podido morderse el rabo, como los perros. Los otros, como su nombre lo indica, son más liberales, es decir, partidarios de una economía libre de mercado, donde la competencia regula todo. Muy linda la teoría. Desastrosa su aplicación. Basta ver las diferencias que se provocan y el incontrarrestable dominio de los monopolios,
Ambos sistemas son malos derechamente. Y contradictorios para rematarla.
Una de las tantas contradicciones es justamente la expresión que titula esta columna. Cuando los partidarios de la libre competencia, por esas cosas de la vida, pierden dinero, les va mal en los negocios, no pudieron competir en condiciones óptimas, es decir, carecieron del talento para competir en el libre mercado, ¿a quién creen ustedes que acuden?. Exacto, al vilipendiado Estado, a ese mal administrador que es el Estado. Solicitan medidas urgentes que favorezcan los negocios y amenazan con la cesantía, la paz social, el colapso económico. Es decir, “privatizan las ganancias”, porque ahí están contentos, reciben dinero a raudales, pero “socializan las pérdidas”, o sea, si les va mal, acuden al denostado Estado.
En un sentido lógico no se entiende esta vuelta de carnero, es una notoria incongruencia con sus principios (si es que los tienen) y no se ajustan a lo que pregonan y luchan.
Por el otro lado, los admiradores del Estado incorporan cada vez, en mayor número, a los también vilipendiados inversionistas privados para salvar el pellejo y evitar el derrumbe. Ahí, entonces, ya no cuentan los principios inamovibles, petrificados y fundamentales. Traicionan su idea y, en el fondo, les da lo mismo, disfrutando de lo que alguna vez criticaban. China y Cuba, en la actualidad, son los mejores ejemplos. Lo mismo con otros países.
En suma, en definitiva, en resumidas cuentas, los dos polos opuestos en economía, poco a poco, se mezclan, aprovechando las situaciones puntuales. Es decir, “adoran lo que quemaron, queman lo que adoraron”, en un claro paradigma (ejemplo) de sobrevivencia a toda costa.
¿Solución para la mayoría del planeta, que no son precisamente poderosos?: ninguna.

ARTURO FLORES (2019)