MARIANO LATORRE Puerto Mayor

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Por Jorge Arturo Flores, escritor maucho.

El libro, CHILENOS DEL MAR Y OTROS CUENTOS (1945), escrito por Mariano Latorre,  posee varias singularidades que nos interesa traer a cuento. Uno, que posee un  capítulo integrado por dos relatos: Puerto Mayor y En el tiempo de las Crinolinas. Dos, que esos cuentos poseen la particularidad de estar ambientados en  nuestro Constitución querido, nuestra tierra natal, lo cual le da, al menos para nosotros, una trascendencia única. Y  Tres, que la primera parte trae relatos que adornaron varias antología: El pontón N° 5, el Finado Valdés y el Piloto Oyarzo.

Si bien Mariano Latorre (nacido en Cobquecura) no se distinguía precisamente por su linealidad en el relato, sino más bien lentificada todo, realizando constantes recovecos y deteniéndose  para describir, debemos hacerle justicia  cuanto a ese prurito, en perjuicio de la vehemencia del relato. Al hacerlo, recrea una época gloriosa del Puerto Mayor, con diversos detalles en torno a la actividad comercial y social que acontecía. Resulta valorable su diseño de las personas y ambiente.

Los mauchos nos sentimos transportado en el tiempo.

De esa forma aparecen Puerto Perales, las lanchas planas, los inmortales guanayes, las bodegas del puerto, las construcciones, los barcos aguardando la carga en la ría, etc.

 

PUERTO MAYOR

EL relato, entrecortado, un tanto denso, sin rapidez en la acción, con demasiadas paradas para describir algo, mucho meandro en el viaje y saltos en la narración, trata, en sustancia, sobre el escándalo, si, escándalo que provocó en cierta época la instalación de un estatua de bronce, El Mercurio de Juan Bolonia, desnudo hasta los pies. Tal “piluchismo” conmovió a mentes puritanas, portando el pandero el Alcalde de la comuna, don Santiago de Algorta y Sandeliz, quien no pudo dormir frente a tal afrenta.

El mono de marras fue instalado en el muelle fiscal, que  era paseo obligado de la población.

Tratando de arreglar el entuerto, el alcalde  le cubrió una noche con calzoncillos, para que  no se vieran sus partes “pudendas”. Pero un guanay, cuchillo en mano, meticulosamente hizo un círculo en torno a los genitales, dejándolo libre a la exposición de los mirones.

¡Atroz, inaudito, no puede ser!, aullaban los mojigatos.

El pueblo, en general, celebraba con chirigotas tal espectáculo.

No duró mucho allí y fue trasladado a la Poza, mirando al río, para que sólo los marineros pudieran verlo en cutis. Increíble.

El Alcalde no soportó esta desconsideración y, furibundo enemigo de desnudeces públicas, renunció, sí, renunció a la alcaldía. Su vida no fue igual y pronto falleció.

¿Qué ocurrió con la estatua de marras?. Los estudiantes, habiendo salido mal en sus exámenes, descargaban su furia en el pobre mensajero, apedreándole hasta dejarlo sin cabeza y desprovisto de  una pierna.

Así lo conoció don Mariano Latorre.

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“En El tiempo de las Crinolinas” es el otro capítulo que hemos analizado en esta misma página web.

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