RECUERDOS DE LA PENÍNSULA DE PUCON

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Esta es una fotografía realmente histórica. Muestra exactamente los alrededores y la casa que habitamos desde el año 1947 a 1962.  Se observa el granero, el gallinero. Más adelante el galpón de las ovejas. Notase el enorme roble, el no menos majestuoso laurel, el pino en el patio y un hermoso castaño entre el gallinero y el granero. Habían dos quintas frutales.

Allí pasó nuestra infancia y juventud. Todo ese patio para nosotros, para nuestros sueños, para el inicio como escritor.

Hoy solo queda la casa, aislada, sin arboles alrededor. Los enemigos de éstos consiguieron su fin y los derribaron a todos.

LOS RECUERDOS

Llegamos a la península de Pucón en el año 1947. Teníamos 2 años de edad y mi hermano Juan Carlos cumplía uno. Mi padre, Arturo Flores Méndez, tenía la misión de administrar la península y el Gran Hotel Pucón durante el año.

Ese paradisíaco lugar nos cobijó  la friolera de 16 años.

Dicen que las reminiscencias de la infancia y juventud son las que se calcan con mayor ímpetu en la memoria. Aun mas, expresan los sabihondos que muchas marcas de esa época configuran la personalidad de las personas en su porvenir.

Estamos para creerlo.

En general, el campo, los árboles, la lluvia, el lago, las canchas de golf, los potreros, pájaros, vacas, ovejas, caballos, liebres, zorros,  casas de madera, cercas, la llegada de los choroyes, el puelche, la actividad veraneal, el cambio marcado de las estaciones, rocas, caminos, tierra húmeda, a veces nieve, etc., etc., predisponen al ser humano a la contemplación y, si no es “de cortos alcances”, a la meditación.

De ahí a elucubrar proyectos para “pasar el tiempo”, para entretenerse, solo media un paso. Siempre y cuando, reiteramos, la meditación no provoque sequedad en el seso y se pierda en la dormida senda.

La gente que vive en el campo lo hace feliz. Con las excepciones de rigor.  Tiene prácticamente todo para su subsistencia, vive en forma digna,(aunque sueñen con la gran ciudad), no le faltan entretenciones y su existencia está muy marcada por las estaciones, ya que en ello le va su mantenimiento.

La casa donde vivimos en la  península de Pucón, a diferencia de otras campiñas,  contaba con la belleza silvestre y las comodidades de la ciudad. En aquellos benditos tiempos tuvimos en casa luz eléctrica, agua potable, WC, agua caliente, tina de baño, radio y teléfono. Es decir las comodidades de la ciudad. Hoy no puede entenderse su carencia.

Entonces era casi un lujo.

Esta diferencia la fuimos comprobando después, cuando nos vinimos  y confrontamos el campo de la región central con el que permanecimos

Además de las comodidades citadas, salamandra de por medio para el frio invernal, nuestro padre construyó un granero, donde se guardaban las cosechas, incluso las manzanas, envueltas en papel diario. Al frente erigió un moderno gallinero. Camino hacia el lago, el galpón de las ovejas y antes de bajar a la playa se erguía el galpón de las vacas con algunas singularidades. Arriba, en el entretecho, se guardaba la paja para alimento de las vacas en el invierno. A un costado había un taller de labranzas y maquinarias. Atrás una leñera. Por el otro costado el garaje donde se guarecía el jeep y detrás,  pegado, la casa de Sabino Silva, el inquilino más antiguo de allí. Atrás una tina con escalas donde se bañaban las ovejas con un  desinfectante.

Este galpón se quemó después que nos fuimos.

La casa estaba rodeada de “quintas”. Pedazo de terrenos donde se plantó guindos, cerezos, duraznos, manzana, ciruelos. Ciruelas amarillas y negras, Manzanas de diferente tamaño y colores. Una higuera, “murras” (zarzamoras), perales. Duraznos pelados y peludos. Era tal la profusidad de frutos que éstos yacían en el suelo y nuestro padre nos recriminaba por no comerlos, haciendo las consabidas comparaciones con las carencias en la gran urbe.  Nuestra madre, se comprenderá, aprovechaba todo aquello preparando deliciosas mermeladas y el incomparable zumo de guindas que se echaba al agua de vertiente en el verano.

En los potreros y cerros de la penisla había murtilla y rosa mosqueta a granel, además de cinco castaños cerca de una cancha de golf, la numero 5.

Circuía la casa un pino, dos laureles, un roble, un castaño, un maqui. En el jardín camelias y hortensias además de fucsias.

Bien preparado el escenario, veamos en que nos entreteníamos.

LAS ENTRETENCIONES

En aquellos tiempos las lluvias eran frecuentes y abundantes. Llovía los 366 días al año decía la gente. Para ello, los infantes debían cobijarse en la casa. Allí se las arreglaban para divertirse cuando no estaban en clases. En el corredor colocábamos muchas sillas volteadas y las cubríamos con frazadas. Por lo túneles pasaban todos, perseguidos por Juan Carlos que hacia de malo. Gran algazara. También realizábamos una suerte de teatro donde los chiquillos recitaban y cantaban frente al publico que, sucesivamente, iban pasando al frente. Alguna vez hicimos clases y pensamos que hasta una misa.

En las camas, en esos días de lluvia, cada hermano jugaba con figurillas de cartón recortadas. En silencio o intercalando conversaciones entre los héroes que se desparramaban por sus camas.

Cuando surgía el sol, los chicos iban a las canchas de golf a jugar fútbol. Las horas pasaban raudas y solo la llamada de las madres a “tomar onces” los sacaba de esos trajines.Para hacerlo más formal habían competencias de tres equipos: Colo Colo, la U y OHiggins. Campeonato por estaciones: Veraneal, invernal, primaveral, otoñal. En el verano se efectuaba la Semana peninsulana con una actividad diaria: natación, tiro al blanco con honda, fútbol, goles en los greens, golf, fiestas nocturnas bajo un ciruelo, con canciones, chistes y cuentos macabros.

Todo iba queda registrados en los periódicos hechos por los hermanos Flores: El Real Alondra, El Comentario, La U, El Mundo.

Recordamos una semana en que, cogimos el bote que teníamos, subimos todos los chiquitines, pusimos un palo de maqui y robamos una cortina de la casa, colocandola como vela y navegamos a la Puntilla, a comer murtilla y nadar en la Playa Tranquila. De regreso nos tocó excelente viento y, como veníamos volando por las aguas, pasamos de largo por la playa original y continuamos hasta el frente, o sea, a los pies del Hotel Antumalal. Toda una proeza. Sin el embargo, el regreso fue casi una tragedia. Se levantó viento y el  lago se encrespó cual mar enfurecido. La vela no sirvió porque teníamos viento contrario y los dos mas grandes tuvieron que remar esforzadamente . El viaje fue accidentado con el bote subiendo y bajando, con un viento que nos llevaba irremediablemente hacia la Poza de Pucón, pero como eramos adolescente, pusimos mucho esfuerzo y conseguimos llegar primero a la playa Honda y luego, por fin, a la playa “de nosotros”, como le decíamos.

Por supuesto no contamos nada en la casa.

Hicimos cuatro viajes. Ninguno resultó como el primero porque nunca tuvimos viento a favor, por lo que el famoso velero no sirvió para nada y fuimos y volvimos a la Puntilla…remando.

LAS EXCURSIONES

(continuará)

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