Revisión de Jorge Hubner Bezanilla (1892-1964)

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                 Jorge Arturo Flores

 

He aquí el caso de un poeta chileno que se empecinó en publicar lo menos posible: tan sólo un libro, en plena juventud, a medias con Alone. Suena increíble tal indiferencia, cuando los escritores y poetas en general se atropellan durante su existencia por poblar el mercado editorial con sus textos, ojalá en número ostentoso, creyendo con ello, claro está, conseguir la gloria y permanecer en la historia.

Jorge Hubner Bezanilla hizo todo lo contrario.

Después de su muerte, Alone, su grande amigo, reunió 38 poemas, dispersos en la prensa escrita, y los publicó en 1966, como homenaje póstumo, con el simplísimo titulo de “Poesías”.

Nada más.

¿Y para que más podría decir alguien? Tal vez el autor dijo lo que tenía que hacer y posteriormente se refugió en el silencio.

Todo puede ser en la vida.

Pese a la exigüidad editorial, su talento fue reconocido y su obra fue justipreciada  en los ámbitos literarios. Poco, casi leve, pero se le nombra. No podría decirse, en consecuencia, que en vida no recibió homenajes y su poesía, exquisita, quintaesenciada, refinada, es motivo de culto por parte de unos pocos.

De los pocos que van quedando.

Por ahí anduvo cierto tipo de leyenda en el sentido de decir que “ha realizado el milagro de alcanzar una justa fama sin publicar ningún libro” (Montes y Orlandi). Lo cual, como sabemos, no es cierto, puesto que en 1909 publicó, junto con  Alone, Prosa y Verso.

También corrió la noticia del amor que existió entre el poeta y Gabriela Mistral. Incluso se dijo que el influjo de ciertos acentos místicos de la Premio Nobel provenía justamente de Jorge Hubner Bezanilla. Más aun, el comidillo aseguró que uno de los poemas de ella, no era de ella, precisamente, sino que el poeta se la habría regalado.

Cosas de Chile

Su poesía

En general su trabajo literario fue impelido hacia dos temas:  el amor y la admiración por las bellezas naturales, ambos unidos, como diría Alone, “por un nexo que viene a constituir su leit motiv: el sentimiento, el ansia de la eternidad, la presencia constante de un orden imperecedero”. (El Mercurio 22.3.1964).

“El árbol”, su  poema más conocido, archivisitado en diversas antologías, es prueba fehaciente de ello.

Este canto a la naturaleza también lo eleva a niveles religiosos. El misticismo de Jorge Hubner, si bien con independencia de la fe, lo llevaba en el alma y es una predisposición que no pudo evitar en su obra.

También hay visajes al espíritu, a la vida y a la muerte.

Por otra parte, eruditos manifiestan que su trabajo tendió a la moraleja y  al discurso.

Otros, más sabios aun, expresan que su poemática está enraizada en el modernismo (lo asocian a la Generación de 1900) y al parnasianismo.

Si lo dicen ellos, así debió ser.

¿Qué se rescata de su tarea?

Desde luego, el afán casi enfermizo por pulir el poema (“¿Resobaba sus poemas?, decía Joaquín Edwards Bello”), a tal punto que no los publicaba por sentirse insatisfecho (¿qué escritor se siente satisfecho con su obra?). Esto dio pie a que sus versos fueran modelo de síntesis, sentimiento, trascendencia, provisto de bellas imágenes, con un lenguaje prístino, equilibrado, acaso  con una aparente indolencia contemplativa,  pero que no ocultaba la almendra, la raíz, el motivo profundo de su ser: cierto pesar por la existencia, alguna incertidumbre de tipo metafísico, un desasosiego interno que traslucía al través de la forma, una búsqueda impenitente de lo sublime y la elevación.

Todo ello sustentado en una pulcra sensibilidad literaria.

Su esfuerzo se concentra en la depuración, en el vigor, en la síntesis y el relieve. No desarticular la forma, no romper moldes, infundirle vida nueva, original y personal, perenne y única, sólo por obra del espíritu”( Alone).

Lo otro es su mirada amplia, limpia, serena, sobre el primor de la naturaleza. Hay allí un canto melodioso, único, que plasma su sentir y su cavilación sobre la natura, invitando a pensar.

La olvidada belleza

Este “autor de versos inéditos e inmortales”, como alguna se le citó, plasmó en la poesía sus angustias amorosas, “una inmortal desconfianza, un escepticismo desencantado y tenaz”. Para ello, y eso es otro rasgo notable, mantuvo siempre una misma línea. Lleguen revoluciones literarias, cambie la idea musical, lluevan propuestas originales, arriben  modas, corrientes, pasajeros entusiasmos. Nada. El permaneció impávido, puliendo, como orfebre obsesivo, sus versos.

Buen ejemplo para los inquietos.

Si bien su poesía es fruto de la época, de una Belle Epoque, y hasta puede tildársele de romántico y conservador, la lectura de sus poemas es una leve inclinación de cabeza para la belleza del sentir, para la olvidada belleza del arte, elevada a una dimensión que hoy ya no se concibe y que el poeta, en su afán endémico de perfección, lo exhibe con silencioso contentamiento.

Si es que alguna vez estuvo contento.

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