Robinson Crusoe, el retorno a los orígenes

Prohibida su reproducción, salvo que se mencione al autor y la fuente

 

sebok_robinson-crusoeJorge Arturo Flores

Al común de  los mortales les agrada la lectura de narraciones donde el hombre, despercudido de su alma consumista y material, se las arregla para sobrevivir en ambientes hostiles, únicamente haciendo gala del ingenio y recurriendo a sus manos.

Casos en la literatura hay muchos y  el cine ha colaborado a su difusión.

Desde Rómulo y Remo (Roma), Mowgli (Rudyard Kipling, 1907), prosiguiendo con Tarzán, el hombre mono ( Edgard Rice Burroughs, 1912),  pasando por Bomba, el niño de la selva (Roy Rockwood, 1920), y finalizando con un ser de carne y hueso, como lo es Robinson Crusoe (Daniel de Foe, 1719), que es anterior a todos,  son varios los textos que abordan la vida de blancos “criados por animales”, personificando en cierta forma  la teoría del “beau savage” de Rousseau. Es un matiz digno de análisis.

¿Qué es lo que atrae al lector?.

Hay, desde luego,  en la puesta de escena, unas ganas incontenibles por  sacudir la complicación citadina, el progreso en otras palabras, tornando sus deseos  a los orígenes del hombre, sin tecnología ni evolución, es decir, regresando a una edad prístina, quizás primaria, como lo fue alguna vez.

De esa forma se explica el interés por la existencia y las aventuras que ocurrieron a Tarzán, Bomba y Mowgli, pero, sustancialmente, se valora el esfuerzo por sobrevivir en circunstancias ajenas a su genética “blanca”, en medio de la natura, con presencia de peligrosos animales y expuestos a las sacudidas del hábitat. En esta desigual lucha, los personajes solo recurrían a su ingenio, al esfuerzo y a sus manos, cosa inimaginable en estos días.

Es el caso  de los personajes de ficción.

Lo mismo acontece en la novela de Daniel de Foe, Robinson Crusoe, con la diferencia que acá estamos hablando de un ser de carne y hueso, que, en verdad, vivió en una isla desierta y debió exagerar sus esfuerzos para sobrevivir, en medio de la soledad y con la presencia posterior de indígenas caníbales.

Sobre este libro se han  tejido gran cantidad de teorías y sesudos comentarios.

Por ejemplo, se dice que no solamente está basada en la experiencia de Alejandro Selkirk en isla Juan Fernández, lo que nos acerca a Chile, sino en realidad fue la odisea de un marino español que habitó por varios años una isla caribeña, lo que nos aleja de Chile..

Serrana es su apellido.

Cualesquiera sean los orígenes, lo que importa es la epopeya de estos seres humanos, acostumbrados al confort citadino y,  enfrentados a una contingencia puntual, se ven impelidos a recurrir a  su agudeza para  subsistir. Desde la construcción de la casa pasando por la elaboración de alimentos hasta la manufactura de armas, vestimenta y utensilios rudimentarios, el héroe se sobrepone y sale adelante. Más tarde, contempla con espanto las ceremonias caníbales de unos aborígenes, rescata a una de las víctimas, lo convierte en su compañero,  bautizándolo como “Viernes” y extiende la lucha por el convivir y la sobrevivencia, hasta que llega el barco que los lleva de nuevo a la civilización.

El entorno es un paraíso. No se diferencia, en este caso, de los otros relatos. Surge nuevamente la imagen del edén perdido, soñado por el ser humano desde tiempos inmemoriales, inmerso como está en la urbe aplastante, dura, egoísta, sin pausas, que no permite la derrota y sólo apuesta por el ganador.

Es la  tonalidad que gusta a los lectores.

Está, además, el matiz religioso.

Los héroes ficticios no creen en un Dios, sino en dioses, propios de su cercanía con las tribus aborígenes, que le dan una connotación divina a los actos de la natura. O no creen en nada.  Robinson Crusoe, si bien al principio no se preocupa mucho del asunto, posteriormente, y merced al hallazgo de la Biblia, se “convierte” al cristianismo y lo hace sostén de su vida cotidiana.

Es la gran diferencia con Mowgli, Tarzán y Bomba, más cercanos a la quimera del lost paradise.

Porque con su lectura,  y tratando de ser fiel a lo que allí se escribe, el náufrago pierde su condición de hombre libre y vuelve a la domesticación religiosa  (impuesta por los seres humanos para aherrojar la libertad personal), alejándose de lo paradisíaco.

Todo se va al traste.

Menos mal que esto ocurre cerca del final, cuando ese sinónimo de civilización y libertas para un náufrago, como lo es un buque,  pasa por allí, lo rescata y   retorna  a su patria.

Al finalizar el relato con la “vuelta a la civilización”, el lector siente que concluye una etapa significativa de su vida, que se aleja del País de Nunca Jamás, que  algo se desgarra íntimamente. Antes gozó con la lectura, se emocionó, estuvo pendiente del desarrollo, se imaginó, en definitiva, como sería aquello, cómo reaccionaría él en circunstancias similares, soñando, de paso,  con  adversidades parecidas, aunque, claro está, desde la comodidad de una casa, inmersa en la metrópoli y con toda la molicie que otorga el progreso.

Pudo soñar.

Pero aquel sueño tiene fin y se marcha en el barco que lleva a Robinson Crusoe. Tal vez querría, en su fuero íntimo,  que nunca hubiese recalado para, de esta manera,  prolongar el placer del paraíso, de los animales, de la vida al natural, sin las sombras del perfeccionamiento.

Pero eso, ya sabemos,  es imposible.

En resumen, la lectura actual de Robinson Crusoe, unido al recuerdo de las aventuras de Tarzán, Mowgli y Bomba, no hacen otra cosa que marcar los íntimos deseos del ser humano en el sentido de regresar, aunque sea por un instante, a los tiempos en que podía correr libremente en medio de la floresta, coger  frutos para su alimentarse o inclinarse hacia las vertientes para ingerir el agua cristalina. Sin vestimentas opresivas, sin ideas castradoras, sin temor. Puede resultar inverosímil, hasta utópico, pero en alguna parte de la historia humana debió haber ocurrido, si bien por breve tiempo, el relámpago de la libertad absoluta que disfrutó el hombre y que hoy, con todo el progreso, con todo el avance tecnológico, con lo que ha reunido en conocimiento, no puede disfrutar y lo ha perdido definitivamente.

Es la  tragedia de la condición humana.

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