Romeo Murga, otro poeta olvidado

 

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Por Jorge Arturo Flores

He aquí a un poeta adolescente que solamente vivió veinte años y publicó un libro en su vida (El Libro de la Fiesta, 1923). Murió, como los trovadores de su época, de tuberculosis. Una situación que se repitió con muchos y, en punto a poetas,  ya suele considerarse natural.

Nació en Quillota en 1904, estudió en la ciudad y posteriormente se trasladó a Santiago, donde ingreso al Pedagógico, egresando como Profesor de Francés. Como tal ejerció un año. Publicó poemas en diversas revistas.  Falleció en San Bernardo, donde se había trasladado de Quillota, al surgir su enfermedad. Vivió con su madre y hermana, que lo cuidaron hasta el final.

Como todo bohemio que se precie de tal era alto, delgado, silencioso. Vestido de negro. Melancólico.

Formó parte de una pléyade de jóvenes vates de la época, donde destacó Pablo Neruda. Todos vivieron la bohemia, las pensiones, la mala alimentación, las noches eternas  y sufrieron los avatares de la pobreza.

Fue testigo de una época teñida de acontecimientos no precisamente pacíficos. Era el despertar de estudiantes y obreros en pos de mejores esperanzas de vida. Una etapa agitada y turbulenta hasta con ruido de sables incluida. Él, sin embargo, permaneció al margen

Son los primeros veinte años del Siglo XX.

Pese a su difícil existencia, no colmada de entusiasmo y riqueza material, Romeo Murga se las ingenió para publicar un libro y mezclarse, aunque por poco tiempo, entre los bardos de su época. Sus versos fueron recibidos con beneplácito por el mundillo literario y fue acogido con fraternidad.

De su poemario, rescatamos estos versos que nos hablan del fin de los años.

CUANDO SEAMOS VIEJOS

 

 

Cuando seamos viejos, todo este amor enorme
se irá por los caminos y brotará en los huertos,
y será una ilusión muy lejana y deforme
que enturbiará la paz de nuestros ojos muertos.

A la tarde, soñando con lo que ya no se ama,
mascaremos recuerdos de amor en el tabaco,
y el amor temblará como una débil llama
en nuestra carne vieja y en nuestros rostros flacos.

Todo el pasado claro se asomará a tus ojos
y dormirá en tus ojos una eterna agonía,
ya no nos dolerán ni guijarros ni abrojos
y apenas sufriremos de vivir todavía.

Sólo nos quedará la voz, y no la misma
con que hoy, serenamente, nos besamos de lejos.
De esta ternura inmensa que en nosotros se abisma,
¡cómo iremos a hablar, cuando seamos viejos!

Mirando con seguridad a su pareja de la vida, el poeta reflexiona  cómo hablará con ella cuando sean viejos, cuando el amor tiemble en su carne vieja y en sus rostros flacos. Cuando ya no dolerán los guijarros ni los abrojos, cuando apenas sufran  vivir y solo quedará la voz, no igual a la de ahora, pero necesaria para comunicarse cuando seamos viejos.

Como buen vate, vaticina lo que será la temida vejez del cuerpo y del alma, aunque pervivirá, en tanto vivan, la voz, único medio que les servirá para hablar y besarse de lejos.

Un poema  “sensible, sensitivo, sentimental”, suave como claroscuro, fluyendo con la lentitud de los tiempos y haciendo un recodo en el camino para reflexionar… cuando seamos viejos. 

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