SECUELAS DE UN DEBATE SOBRE EL RODEO

No ha mucho escribimos algunos textos enfocados en la campaña de los activistas “NO AL RODEO” y otras entidades que combaten el maltrato animal. Las acciones van “in crescendo” y poco a poco se anida en el imaginario popular lo inconcebible de esta actividad. Hay un golpe de timón fuerte y lo que para algunos pareció alguna vez algo tradicional, sin objeciones, hoy, a la luz de las detracciones, han tenido que cambiar el foco de su parecer. Cada día son más los detractores. Eso habla bien de los chilenos frente a situaciones burdamente denominadas “deportes”, que no tienen pies ni cabeza e importa, ante todo y sobre todo, un visible maltrato animal. Pues bien, de los artículos escritos tuvimos sorprendentes demostraciones de adhesión y contamos solo dos, en un universo de 300 personas aproximadamente, que estaban “encantadas” con el rodeo. El resto hablaba por hablar. Lo curioso que sus argumentos no cuajan con la realidad. Hablan de los “bisteques” que los animalistas comían con placer. Otros ingenuos, aunque feroces, decían por qué los animalistas no se preocupaban de los ganados en el norte muriendo por la seguía, asunto que, como sabemos, es cuestión de Estado o de los propietarios y no tiene que ver con el tema en comento. Tampoco faltan los que, descubriendo la pólvora, vociferan que los animalistas son todos citadinos y jamás han vivido en el campo. Gran falta sin duda. Aclaramos que, en el caso nuestro, vivimos 16 años en el campo. “Por si las moscas”. Una mujer nos escribió diciendo que le encantaba el rodeo y que por tal motivo no era una enferma mental como nosotros sugeríamos. Repusimos que si le agradaba el sufrimiento ajeno, especialmente de los animales, era una enferma. No concebimos que alguien le fascine el maltrato.  Sin respuesta. Otro nos indicó que nuestro escrito era más pasional que técnico. Le retrucamos que en ellos estaban las dos posiciones, pero que explicábamos técnicamente el por qué el rodeo jamás podría ser catalogado de deporte. Se acabó el dialogo. Algunas gritaban que les gustaba el rodeo porque era parte de nuestras costumbres y tradiciones, algo que ni ellas mismas entendían.   Notable. Es decir, trasladan, a falta de pruebas, la atención hacia otro enfoque. No les resultó, en todo caso,  porque la andanada de alfilerazos que les llegó fue rotunda. Pero lo que nos llamó la atención es como, frente a la carencia de fundamentos, “se corren por la tangente”, no dan referencias y pontifican, reiteramos,  sobre el maltrato en los mataderos y la muerte de vacunos en el norte  por la sequía, además que ellos, sí, ellos conocen el campo y no como los citadinos…. En el fondo no dan pruebas serias que cobijen su defensa cerrada. Discuten mucho de tradición y se encasillan ahí, sin mirar el escenario. Cuando se les pide que expliquen la gnosis por la cual es una tradición, se atoran, quedan mudos. Tampoco revelan por qué es un deporte. Les hemos pedido que enumeren las características. Nada. Ni una apreciación. No entienden razones, no explican nada, no se detienen siquiera a contestar con razones sólidas, técnicas. Nada. “No se oye padre”. Todo es tradición y deporte.  Patética actitud. Todo ello nos hace columbrar que ciertos chilenos no quieren ver una realidad que para la mayoría es visible o simplemente hablan por hablar, sin tener la más peregrina idea de lo que se trata, porque si supieran serían entendidos en la materia y explicarían técnicamente las razones para justificar que no hay sufrimiento animal. La realidad nos informa que esta clase de “deporte” (le van a quitar esa absurda connotación en el Congreso Nacional) es efectuada, no por huasos del campo, sino por miembros de una elite económica que de huaso solo tiene el nombre, aunque se vistan de tal. Solo importa el ego, la diversión. ¿Cuántos campesinos realmente montan esos caballos y visten la indumentaria cara?. Buena pregunta. Y los que siguen a esta tropa de…… son los infaltables arribistas sociales e ignaros. Lo extraño es que también expresan que es parte de nuestra identidad. Si averiguan  se llevaran gran sorpresa: los atuendos del huaso no son chilenos, sino que provienen de Córdoba, España y la vestimenta de las peyorativamente tildadas de “china” provienen de filmes mejicanos y argentinos de tiempos pasados. Y esas indumentarias no son utilizadas por los campesinos a diario cuando arrean animales. O sea, tampoco hay identidad. Para rematarla, respecto de la tradición e identidad,  en el rodeo se gana el “Champion”. Sin comentarios…

Subsiste, entonces, la sensación que los defensores del rodeo a ultranza están quedando desnudos frente al público en punto a argumentos y no le encuentran la vuelta al tornillo. Sus majaderas reiteraciones en torno a la tradición no son creíbles (la tradición del maltrato animal dijo irónicamente una amiga de la juventud) y, en el fondo, todo el mundo deduce que esta actividad no replica el verdadero rodeo chileno, sino es una burda maqueta de algo que no entienden y solo sirve para agrandar sus egos frente sus pares.

Mirado desde ese prisma, se entiende, por cierto,  que no vean ni acepten que en ello  hay maltrato animal. Para contrarrestar el aluvión, dicen que tratan bien a los novillos, palabras que ni ellos creen, o que dan mucho trabajo a la gente del campo…Y como es obvio, amenazan con la cesantía. ¿Dónde escuchamos antes esta clase de argumentaciones terroríficas?

Habrá que buscar alguna actividad que les permita seguir luciendo sus caros atuendos, (casi cinco millones de pesos) para que no se depriman, sin caballos ni vacunos, por supuesto,  sino únicamente acción de seres humanos entre sí, que es lo que dicta una mínima lógica.

ARTURO FLORES PINOCHET, escritor, 2019