SOY INOCENTE DE LO QUE SE ME ACUSA

Cuántas veces hemos escuchado estas palabras tanto en películas como en los medios de prensa cuando alguien, aprehendido por la justicia, es condenado a pagar por lo que hizo. Lo curioso es que, en la mayoría de los casos, porque están las obvias excepciones,  los que imponen justicia, después de todos los informes, dan por cierto que los santos inocentes no son tales y, en verdad, son lejanos a cualquier gesto de bondad hacia sus congéneres. Pero los pillados infraganti  repiten como loros la eterna canción: soy inocente, soy una blanca paloma, si no me creen pregúntele a mi mamita….Y no salen del libreto. Los condenan y siguen alegando inocencia. Sabemos que es el viejo truco para victimizarse y aplacar las iras. Está en el ADN humano. En todo esto cabe una simple conjetura: si soy ladrón, asesino, delincuente nato, si lo que hago lo realizo por convicción y doctrina, si hallo que esa es mi vida, lo justifico plenamente, creo que está bien, tengo mis motivos, ¿por qué entonces negarlo todo de plano, por qué decir que es blanco como paloma, impoluto? Hay varios casos emblemáticos en la historia reciente chilena en que muchos inculpados negaron hasta el final su inocencia y no fueron consecuentes con lo que ellos creían cuando realizaron sus cometidos. ¡Ah la consecuencia de nuestros actos! ¿No será mejor, en definitiva,  decir derechamente, sí, yo hice esto, lo realicé convencido porque pienso que está bien, corresponde a mis principios, creo que es así, está de acuerdo a mi personalidad. Es decir, poner el pecho a las balas, no correrse por la tangente y asumir valientemente. Esto corre para el ladrón, el homicida, el abusador, etc. Para todos.

Pero no, ¡soy inocente de lo que se me acusa!

ARTURO FLORES PINOCHET, escritor, 2019