UNA MIRADA A PORTALES

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Jorge Arturo Flores

Hablar de Portales en Chile es correr el riesgo de echarse encima una horda de historiadores que descalifican su figura y la obra del ministro. Equivale un poco a revalidar las antiguas querellas entre carrerinos y ohigginistas, balmacedista y antibalmacedistas, allendistas y pinochetistas, que son las tres cumbres históricas que han preocupado a nuestros historiadores.

Esas interminables polémicas muestran, sin duda, la carencia absoluta de objetividad en la historiografía nacional. Es el mejor argumento para indicar que los sucesos del pretérito son investigados y publicados de acuerdo al cristal político, social y religioso con que se les mira. Es propio de seres humano que, en cualquier contingencia artística, nunca salen de sí mismos y aunque sueñan con la objetividad, independencia e imparcialidad, es imposible que ello ocurra por cuanto desde el momento que eligen o les agrada o desagrada un tema, está trabajando la subjetividad, surge el impresionismo y, si bien hace gárgaras con la objetividad, no resulta.

Es que no se puede y es majadero insistir. Ni los dioses fueron objetivos. El mismo dios de las religiones monoteístas no escapó a su destino y creo al hombre a “su imagen y semejanza”.

Lo mismo con las polémicas. Cada uno elige su frente de batalla de acuerdo a sus circunstancias políticas, sociales y religiosas y, desde sus trincheras, combate. Negarlo es absurdo.
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Una sencilla mirada sobre Portales permite destacar dos puntos en su presencia nacional: una como ministro arreglando el país y otra el presunto legado que dejó.
Aparentemente no existen tantas objeciones en torno a su tarea de ordenador del sistema político de Chile, en una época que se debatía en fuertes antagonismos, impidiendo caminar con tranquilidad. Hay un antes y un después de la acción de Portales. Y está a la vista. Aunque la camada de historiadores contemporáneos, teñidos de progresismo, insistan en tratarlo como un dictador, la verdad es que su tarea no fue inefectiva.

La palabra dictador, en estos campos, hay que manejarla con cuidado. Ciertamente es una interpretación ideológica ante todo, pero no olvidemos que de alguna manera hemos estado siempre bajo la dictadura social, económica, política y religiosa de quienes han detentado el poder, traspasándolo, como una posta, año tras año. El poder omnímodo ejercido por los monopolios económicos que manejan el planeta,¿ no es también otra dictadura?. ¿Y la presencia religiosa a través del tiempo y aun en la actualidad ¿acaso no lo es?. Lo mismo da para la sujeción política, aunque acá, como buenos “servidores públicos”, tratan por todos los medios de negarlo y se escudan en la sagrada representación popular. Los intelectuales e historiadores “progresistas”, que abominan de las dictaduras derechistas, pierden de inmediato la memoria cuando se les recuerda las dictaduras de izquierda, que son mayores. Con facilidad se hacen los desentendidos y cambian el tema.

Aparentemente son escasos los admiradores del absolutismo.

Aparentemente…

En lo que existe una polémica dura y obliga a las discrepancias es lo relativo a su legado, al presunto sistema político que instauró.

Acá se arma la trifulca y abundan las detracciones.

Para unos es un mito. Por consiguiente no existe. Para sus defensores, el legado permanece y marcó a fuego el desarrollo del país. Que fue conservador, que fue elitista, que permite la preeminencia de cierta clase social y económica, que mantiene la desigualdad social, sí, de acuerdo, pero se ha sostenido en el tiempo. ¿O acaso hay un cambio en la distribución de la riqueza en Chile, en la realidad social, en el comportamiento político desde aquellos tiempos o, mejor dicho, desde siempre?. Se necesita, quizás, recordar que toda la historia replica el mismo modelo: discriminación social (clase alta, media y baja), enriquecimiento económico de unas pocas familias, por lo tanto, desigualdad económica ; una clase política que nunca ha cambiado y, aparte de convertirse en una profesión, también devino en fructífero negocio que favorece tanto a los que la representan como asimismo a sus verdaderos patrones, el poder económico; el arraigo de la Iglesia Católica, aunque ya venido a menos y la otra columna, el periodismo, jamás al servicio de los ciudadanos, sino ya sabemos a quién. Cabe mencionar en esta selecta lista a las Fuerzas Armadas. Repetimos ¿Ha cambiado este esquema a lo largo del tiempo?.

Hoy comprobamos que sigue replicándose, aunque por bajo fluyan briosamente revoluciones, cambios, debates, dictaduras, promesas.

La pirámide permanece.

¿Entonces, hay o no legado de Portales?.

No se nos oculta que el tema portaliano, al igual que las diferencias de carreristas y ohigginistas, balmacedistas y antibalmacedistas, allendistas y pinochetistas, no tiene a futuro ningún punto de consenso.
Es una vara imposible de medir.
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La figura de Portales en la historia política de nuestro país es permanente, no es fácil erradicarla, será siempre un punto conflictivo a tratar, porque en torno hay siempre dos versiones. La historia difícilmente hará de juez en estos territorios ya que está escrita por seres de carne y hueso, dueños de fobias, filias, diferencias y semejanzas, característica que impiden obtener una luz cercana a la verdad.

Ya lo dijimos, en materias históricas el ideal es la objetividad, la independencia, la imparcialidad. Sin embargo, presentan un serio inconveniente: no existen.

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