VISIÓN PERSONAL DE LOS POETAS CHILENOS EN EL SIGLO XX

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A nuestro juicio, muy respetable por lo demás, cuatro son los grandes en la poesía chilena durante el siglo XX: Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Nicanor Parra.
El más universal es Pablo Neruda.
Sin embargo, en su país se lee poco al autor de las Odas Elementales. Salvo los fanáticos políticos que, con seguridad, poco y nada han leído del poeta, el resto de los compatriotas no lo tienen en muy alta estima. Incluso hablan que su poesía aburre. Lamentable situación dado que el creador, cuando inventó sus trabajos, lo que menos sopesó fue provocar tedio. Al contrario, iba en busca de fervorosos aplausos.
Algo parecido ocurre con Gabriela Mistral y Vicente Huidobro.
Más leído que todos ellos (y menos aburrido) resultó Nicanor Parra. Duró 103 años en el planeta, trabajó más de 70 años en la fragua artística y su fama, especialmente en la juventud, fue enorme, tanto que fue una de las razones por las que Neruda lo alejó de su séquito.
Al hombre no le agradaban las sombras.
Detrás de estos cuatro grandes se ubica Pablo de Rokha. Muy estudiado en las entidades académicas y poco, casi nada, leído en la masa. Pésimo resultado, también, si se toma en cuenta que el poeta de Licantén se autoproclamaba poeta popular y su tarea era justamente encantar a la masa, además de inocular su inevitable discurso ideológico.
Las peleas entre Neruda y de Rokha por conseguir el favor público fueron inolvidables. Por ahí también se les metió Huidobro. No obstante ello, lucharon en vano pues, al final, nadie arraigó fuertemente en el corazón de los nacionales. Se les nombra, claro que sí, y mucho, a cada rato, cada día, cada hora, a menudo en las conversaciones, pero, en definitiva, no hirieron suficiente la sensibilidad popular, que permaneció apática, salvo las excepciones de rigor.
Vicente Huidobro, como decíamos, tampoco fue leído o muy querido en la masa literaria. Se confabuló su origen aristocrático y la duda que por ese solo hecho despertaba en el vulgo: “los ricos no le trabajan un día a nadie”. Entonces, ¡qué podría decir si sus necesidades básicas estaban cumplidas!. Aunque tan abundante como Neruda y desmesurado como de Rokha, tiene aciertos notables en su poemática.
El primer libro de Gabriela Mistral fue publicado en Estados Unidos. Eso habla de la indiferencia de los chilenos hacia su obra y, apartando el recuerdo de los Juegos Florales, vino a concentrar el interés una vez que obtuvo el Premio Nobel de Literatura. “Lo de Estocolmo” provocó el interés de sus compatriotas y, si bien su poemática no es simple ni llana, salvo los Sonetos de la Muerte y “los piececitos de niño”, en general, no provoca la exultación a que son tan dados sus entusiastas partidarios, generalmente académicos o estudiosos.
Tuvo muchos fustigadores.
Nicanor Parra, ya lo sabemos, conquistó al mundo con su poesía irónica, irreverente, con grandes dosis de humor, hablando en el lenguaje común y silvestre, sin recovecos ni fruncimientos ni saltos mortales. Fue entendido por todos e interpretó el sentir del hombre de la calle. Tuvo infamadores, como es natural, aunque escasos, mediocres y pusilánimes. Su obra trasciende, no aburre, deja mucho a la reflexión y, en ese aparente facilismo poético, hay un gran trasfondo artístico y social.
Los estudios sobre su obra así lo atestiguan.
Bajando el índice por la nómina de los poetas conocidos, nos encontramos con Jorge Teillier y Oscar Hahn. Se leen con gusto. Ni claro ni expedito es Gonzalo Rojas. Ganó varios premios, pero, al parecer, no ha trascendido. Después viene Zurita…bueno, no sigamos.
Buscando razones del por qué para un sector importante de los chilenos, no todos, le es completamente indiferente el trabajo de Gabriela Mistral, Huidobro y Neruda, que son las cumbres con Parra, podríamos señalar que a la masa no le agrada la desmesura, lo oceánico, la grandilocuencia, lo hermético, la cantidad excesiva, el enrevesamiento, lo adocenado, el panfletarismo, la oscuridad y un largo etc.
En cambio Parra, Teillier y Hahn les ofrecen un panorama más simple, prístino, sin tanto arabesco ni profundidad, llano, entendible, grato y, a la vez, hondo.
No hay por donde perderse.
Estamos hablando, por si existe algún asomo de duda o sorpresa, del lector común, del que busca placer estético, del hedonista, del que pretende que no lo obliguen a resolver dilemas de todo orden, especialmente metafísico o filosófico.
Con vivir tiene demasiado. Incluso le sobra.
En suma, es el lector de la calle.
El otro, el académico, el erudito, el que posa de sabihondo, ese… ese le gusta la oscuridad, el hermetismo, la ideología, el factor filosófico, lo panfletario, el caos, la desmesura, lo intrincado.
Lo que vaya en contra de su praxis es detestable.
No se nos oculta que leer poesía no es igual que leer novela o cuento, donde el “entretenimiento” es fundamental para captar lectores. En la poesía esa expresión está maldita porque es otro el espíritu que la anima. Es el más alto sitio, a nivel celestial, cercano a los dioses. Por consiguiente, su lectura no se presta para pasar un buen rato, sino persigue hacer funcionar las neuronas, plantear temas metafísicos o psicológicos o filosóficos o políticos o sociales, necesita involucrarse en asuntos muy serios, casi dogmáticos; respira un aire distinto, superior, inalcanzable para los zafios. Debido a eso cuesta tanto encontrar buenos poetas y, por eso mismo, abundan tanto los malos poetas. Porque la cuestión acá es diferente. Más exquisita, más retorcida, más distante de la masa.
Por ello, también, cuesta analizar poesía.
Bien, hemos realizado una brevísima antología de los poetas más famosos en el Siglo XXI. Hay más, sin duda, siempre hay más, siempre faltarán a la lista una mayoría, pero preferir es seleccionar, por lo tanto, encoger. Es lo que realizamos en este comento.
Como información anecdótica, va quedando vivo solamente Oscar Hahn (2018).
Finalmente, esta reflexión representa, por si algún estulto aun no capta, un enfoque particular, absolutamente intransferible, sobre lo que nos pareció el trabajo de los poetas chilenos más conocidos y reconocidos en el Parnaso Literario durante el siglo XX.
Como todo juicio personal, respetable.