Alberto Rojas Jiménez, poeta bohemio

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Por Jorge Arturo Flores

Se repite en la vida de Alberto Rojas Jiménez el camino seguido por varios poetas en los inicios del siglo Veinte, en el sentido de apartarse de la existencia normal, buscar con ahínco una identidad propia, creyendo hallarla en la desenfrenada bohemia, donde el cuerpo  es objeto de  brutales ataques del alcohol, tabaco, escasez de comida, una pobreza que, aunque digna, rayaba en lo imponderable, trasnoches eternas junto a innúmeros amigos y amigotes que nunca faltaban a la cita, etc. Sálvase de esta actitud la parte espiritual por cuanto, a veces, las convivencias se transformaban en tertulias de alta calidad cultural.

Forma  el otro alimento que necesitaban esas almas errantes.

Hay numerosas fotos de estos poetas jóvenes, de precaria salud y escaso apego al trabajo formal, tomadas en medio de condumios y bebestibles. Nacieron artistas y vivieron como tales, auto eximiéndose de realizar lo que otros efectúan por obligación y necesidad.

¿Fueron felices, lograron sus anhelos más preciados, consiguieron llegar a la meta?. Desgraciadamente ese tipo de existencia los consumió tempranamente y abandonaron esta vida en forma trágica o  producto del mal inevitable, la tuberculosis, por lo que sería muy presuntuoso suponer que fueron felices y lograron sus  objetivos.

Tampoco alcanzaron a ser pródigos en publicaciones, que era su máxima expresión de identidad, sino muchos se fueron al otro mundo apenas con un libro publicado bajo el brazo.

Todos mantuvieron el mismo sello, la misma impronta: delgados, vestidos de negro, melancólicos, tristes, distantes de cualquier manifestación alegre, salvo cuando el alcohol surtía efecto. Amigo de sus amigos, despreocupados  de responsabilidades, dueños de tertulias y adictos a conversaciones en torno a una copa.

Bohemia que los retuvo, estrujó y  mató.

Alberto Rojas Jiménez (1900-1934) no fue ajeno a lo expresado anteriormente, pero al menos viajó, pudo publicar sus trabajos de prosa, poesía y crónicas en varios medios de prensa, aunque igual se inscribió en su corta vida con un solo libro (Chilenos en Paris, 1930), que es, al parecer, la medida de los poetas adolescentes apegados a esta forma de vida. Fue catalogado por muchos como el principal protagonista de la bohemia capitalina, visitante asiduo de bares y cantinas. Dueño de un especial humor, era irónico y profería ingeniosas palabras dependiendo  la ocasión. Reunió en torno innumerables anécdotas que sus coetáneos narran en los artículos dedicados a su escasa obra.  Alguna vez, por ejemplo,  embardunó con alquitrán la cara de un policía porque éste, muy enojado, les quitó las carabinas que Rojas Jiménez con su amigo habían cogido en el patio trasero de una comisaría y pretendían rememorar el asesinato de Manuel Rodríguez, el cual se erguía al frente  en forma de estatua.

Estaban presos  debido a una borrachera y por no haber pagado el consumo de la noche anterior. Los  enviaron al patio a “orearse”. Por esa acción fueron a parar en manos del juez.

El humor ante todo.

Pero no siempre le fue bien.

Su final, por ejemplo, es propio de alguien que no discernía la realidad,  producto más que nada de la inagotable ingesta de vino. Habiendo comido y bebido a destajo en la Posada del Corregidor, llegó el momento de pagar la cuenta. Por supuesto, no  tenía dinero. Dijo que aceptaba la deuda y bastaba con su palabra. No fue suficiente. Lo despojaron del sobretodo y la chaqueta y lo remitieron a la calle.

Afuera llovía torrencialmente. Caminó por el Parque Forestal  hasta su casa. Cogió una bronconeumonía que lo envió rápidamente al final insondable, desde donde nunca se vuelve.

Trágica muerte de un hombre que tuvo talento para las letras y para el dibujo y que, sin embargo, fiel a su conciencia de artista, prefirió la opción de vivir de acuerdo a esos ideales.

Leamos finalmente un breve poema del bardo:

NO ENCENDÁIS LAS LÁMPARAS

 

No encendáis las lámparas
ni me llaméis.
Dejadme aquí sin luces.
Mi alma está mejor en la penumbra.

Ved cómo la sombra maravillosa
envuelve mi frente.
Mirad mis manos,
mirad mi aspecto dulce
y que os oiga decir:
“Dejadlo está soñando,
dejadlo solo, allí sin lumbre”.

 

Toda su obra fue recopilada en un libro que fue publicado muchos años después (Alberto Rojas Jiménez Se Paseaba por el Alba, 1994, por Oreste Plath). Allí se comprueba la versatibilidad y talento del escritor. No es, en todo caso, una obra maestra y nada hace predecir alturas inconmensurables de su estro, pero habla bien de la inclinación artística de Rojas Jiménez y su opción por dedicarse de lleno al cultivo de las letras.

La crónica que hemos escrito se ha enfocado, ante todo, en el hombre y su desquiciada vida junto a la de sus colegas, puesto que nos parece interesante glosarlas.

Además, ¡eran tan jóvenes…!

Queda en la memoria el nombre de este buen poeta, un tanto mítico y que Pablo Neruda, con su poema “Alberto Rojas Jiménez viene Volando”, inmortalizó en las letras chilenas.

Broche de oro.

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